La vida es una herida abierta
La vida es una herida abierta que respira, que late incluso cuando quisiéramos que se cerrara por completo. No es una cicatriz limpia y perfecta, sino un tajo que se renueva con cada pérdida, con cada despedida, con cada ilusión que se rompe en silencio. Desde que comenzamos a entender el mundo, algo en nosotros se expone: la fragilidad, el miedo a no ser suficientes, la certeza de que todo lo que amamos es transitorio. Vivir es aceptar esa abertura constante, esa vulnerabilidad que nos recuerda que estamos hechos de carne sensible y de sueños que pueden desgarrarse. Hay días en que la herida arde. Se enciende con el rechazo, con las palabras que no llegan, con los abrazos que faltan. Arde cuando miramos atrás y vemos versiones de nosotros que ya no existen, personas que se quedaron en el camino, promesas que no supimos o no pudimos cumplir. Y, sin embargo, esa misma herida es la prueba de que hemos sentido. Cada dolor es también la marca de un intento, de una apuesta por algo o por ...