Lo que siento no tiene nombre
Hay experiencias que insisten en nacer dentro de uno como un rumor suave, como un golpe sutil que no viene del exterior sino del mismo centro del pecho. Son sensaciones que parecen querer decir algo, pero cuando uno intenta traducirlas a palabras, se escurren como agua entre los dedos. Lo que siento no tiene nombre, y quizá esa sea precisamente su naturaleza: existir más allá del lenguaje , más allá de lo que puede sostener una frase, más allá de lo que la mente logra explicar sin perder parte de su esencia. Hay momentos en los que el alma parece abrirse un poco más de lo usual, como si la vida se detuviera un instante para recordarnos que seguimos siendo humanos, vulnerables, sensibles, capaces de percibir lo invisible. Son instantes que no siempre tienen una causa clara; a veces llegan cuando la noche cae silenciosa, otras cuando el viento sopla con una ternura que uno no esperaba, o cuando un recuerdo olvidado regresa con una fuerza que desordena lo que creíamos estable. Y entonces...