La tierra de lo que ya fue
Hay quienes dicen que la memoria es un refugio. Otros, un castigo. Lo cierto es que es ambas cosas. Nos cobija y nos traiciona. Nos salva y nos hunde. Y, sin embargo, seguimos volviendo a ella, porque es allí donde todavía existen las personas que hemos perdido, las versiones de nosotros que ya no somos, las palabras que no se dijeron, los abrazos que quedaron suspendidos en el aire.
La primera vez que volví a mi casa de la infancia tenía treinta y dos años. La habían vendido hacía tiempo, pero me armé de valor para caminar por la calle, como si al estar ahí, algo de mí regresara también. La fachada estaba igual, aunque más descuidada. Los mosaicos rotos, la pintura pelada, el viejo árbol del frente todavía aguantando.
Me quedé largo rato mirando la ventana del cuarto donde dormía con mi hermana. En mi mente, todavía estaban colgados los mismos dibujos, el ventilador girando, la radio vieja con la voz de mi madre diciendo “bajen a comer”. Pero era sólo eso: una escena que existía solo en el país intangible de mi memoria. Una escena que ya no podía tocar.
Y me di cuenta, con una punzada que dolió más de lo esperado, que ya no podía volver. No porque la casa no estuviera. Sino porque yo ya no era ese niño. Porque mis padres ya eran mayores. Porque mi hermana vivía en otro país. Porque el tiempo había hecho lo suyo, y ese territorio, aunque persistía en mí, ya no era habitable.
¿Te ha pasado?
Volver a una canción que te hacía feliz, y sentir una nostalgia que te quiebra. Releer cartas, fotos, diarios… y darte cuenta de que ya no sos la persona que los escribió. Ir a un reencuentro con viejos amigos, esperando que todo sea igual, y descubrir que algo esencial ha cambiado —ellos, vos, la forma en que el mundo los habita.
La memoria nos atrapa con promesas de regreso, pero nunca es un regreso verdadero. Es como entrar a una réplica de ciudad: está todo, pero no es igual. Lo que falta es el alma del momento. El tiempo, en su paso, cambia las calles invisibles de lo vivido. Y a veces, cuanto más tratamos de volver, más nos perdemos.
Un estudio de la Universidad de Harvard encontró que las personas que pasan mucho tiempo “viajando mentalmente” al pasado experimentan mayores niveles de ansiedad, tristeza o desconexión con el presente. No porque recordar sea malo —de hecho, puede ser profundamente sanador— sino porque lo usamos, a veces, como sustituto del presente, como intento de reparar lo que no se puede reparar.
Entonces, ¿qué hacer?
¿Cómo vivir sabiendo que hay un país dentro nuestro al que no podemos volver, pero que nos habita cada día?
Quizás la respuesta está en aceptar que no se trata de volver, sino de aprender a vivir con ese mapa interno que la memoria dibujó. No para habitar el pasado, sino para honrarlo. Para entender quiénes somos hoy a partir de lo que fuimos.
Porque la memoria no es solo un lugar de duelo, también es una fuente de identidad.
Te propongo algo:
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Escribí sobre un recuerdo que te persigue. Uno que aparezca cuando menos lo esperás. Describilo con detalle, sin juzgar. No importa si duele. Dale forma, y vas a ver cómo empieza a pesar menos.
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Preguntate qué parte de vos quedó en ese recuerdo. ¿Una versión más libre? ¿Más ingenua? ¿Más valiente? Tal vez sea tiempo de rescatar algo de eso, sin necesidad de regresar literalmente.
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Convertí la memoria en arte. Pintá, escribí, cantá. Transformá el recuerdo en algo nuevo. Eso no borra el pasado, pero lo vuelve fértil.
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Permitite mirar hacia adelante sin traicionar lo que fue. A veces creemos que dejar ir es un acto de olvido. Pero no. Es un acto de amor hacia lo que ya no puede ser, y hacia lo que aún puede ser.
Una historia breve...
Esteban tenía 67 años y seguía yendo todos los domingos al mismo café donde había conocido a su esposa, fallecida cinco años atrás. Siempre pedía lo mismo. Siempre se sentaba en la misma mesa. Un día, el mozo nuevo le preguntó por qué. Él, con una sonrisa triste, dijo: “Porque mientras estoy aquí, en este rincón, ella vuelve un poquito.”
Esteban sabía que no podía regresar. Pero también sabía que podía seguir amando desde la memoria. Que su vida no estaba estancada, sino que llevaba consigo ese país invisible donde su amor seguía siendo real, aunque habitara solo en él.
Y vos, ¿qué país llevás dentro?
¿Qué rincón de tu memoria te visita por las noches?
¿Hay algo que no podés soltar, no porque lo necesites, sino porque allí, en esa pérdida, se sostiene una parte tuya que todavía está viva?
Tal vez no se trata de regresar, sino de aprender a caminar con el pasado a cuestas sin dejar que dirija el camino. Como llevar una foto en la billetera: no para volver al momento, sino para recordarnos quiénes fuimos mientras seguimos andando.
Reflexión final
Sí, a veces la memoria es un país del que no se puede regresar. Pero también es el país donde se gesta la ternura, donde nacen las raíces que nos sostienen. No regresamos porque no hace falta. Lo importante ya vive en nosotros.
Porque no importa cuánto cambien los mapas, o cuántas estaciones pasen: mientras llevemos dentro la memoria, ningún país del alma está realmente perdido.

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