Llegar tarde a uno mismo: el costo invisible de no decidir


Hay personas que llegan tarde a todo. A una cita, a una promesa, a un “te quiero”. Pero hay quienes van más allá y llegan tarde a sí mismos: a sus propias decisiones, a sus propios cambios, a su propia vida. Lo postergan todo: el salto, la renuncia, la valentía, la claridad. Como si siempre hubiera tiempo. Como si la vida fuera paciente y esperara por ellos en una esquina cualquiera.

Y lo cierto es que, aunque el cuerpo avanza, muchas veces el alma se queda detenida en el “todavía no”. En esa pausa donde todo parece posible, pero nada sucede.

El arte de postergar lo inevitable

Postergar una decisión es postergar una parte de ti. Lo hacemos porque el miedo nos paraliza, porque la comodidad se disfraza de estabilidad, porque creemos que el momento ideal existe y está por llegar. Pero la verdad incómoda es esta: a veces nunca llega. Y si uno no actúa, si uno no elige, otros lo harán por ti. O peor: la vida elegirá en tu ausencia, como una corriente que arrastra a quien no rema.

¿Cuántas veces supiste lo que debías hacer, pero no lo hiciste?
¿Y cuántas veces el “no ahora” terminó siendo “nunca”?

Historia conocida: Manuel y el trabajo que lo apagaba

Manuel llevaba cinco años diciendo que quería dejar su trabajo. Cinco años despertando con la misma sensación de vacío, cinco años almorzando mirando el reloj, cinco años diciéndose: “cuando tenga un colchón de ahorro”, “cuando me capacite más”, “cuando encuentre algo seguro”.

Cinco años.

Cuando por fin se decidió, la empresa quebró. Se quedó sin trabajo, sí, pero también sin preparación para lo que seguía. Porque postergó tanto la decisión que no se preparó para su consecuencia. Llegó tarde. No solo a la salida… sino a sí mismo.

¿Qué hay detrás de esa tardanza?

🔹 Miedo al error: pensar que equivocarse es fracasar.
🔹 Falso perfeccionismo: la idea de que todo debe estar en su lugar antes de actuar.
🔹 Desconexión interna: no saber realmente qué se quiere.
🔹 Responsabilidad mal entendida: cargar con deberes que no nos corresponden, y por eso dejar de escucharnos.

Estudios que lo confirman

Un estudio de la Universidad de Carleton acuñó el término procrastinación decisional, describiéndolo como la postergación de decisiones importantes por miedo, ansiedad o incertidumbre. Y su impacto no es menor: baja autoestima, pérdida de oportunidades y un mayor riesgo de trastornos de ansiedad.

Preguntas para quien lee esto

  • ¿Qué decisión estás postergando desde hace demasiado tiempo?

  • ¿Qué crees que ganarías si la tomaras hoy?

  • ¿A quién le estás dando el poder de elegir por ti, al quedarte en la espera?

Acciones para dejar de llegar tarde

  1. Haz una lista de decisiones congeladas: aquellas que arrastras hace semanas, meses o años.

  2. Ponles fecha: no para actuar impulsivamente, sino para comprometerte contigo.

  3. Haz el ejercicio del “peor escenario”: si te da miedo decidir, imagina lo peor que podría pasar. La mayoría de las veces, descubrirás que puedes con eso.

  4. Habla contigo en voz alta: a veces, cuando uno se escucha, comprende lo que en el silencio se oculta.

Reflexión final

Hay quienes viven la vida como si siempre hubiera una segunda llamada. Como si cada oportunidad fuera eterna. Como si decidir fuera un lujo y no una urgencia existencial. Pero no lo es.

Uno puede llegar tarde a una reunión y todavía salvar el día.
Pero llegar tarde a ti mismo… es otra cosa.

Las decisiones no son solo elecciones. Son la forma en que uno se afirma en el mundo. Son el modo en que uno dice: “Esto soy, esto elijo, esto me representa”.

No llegues tarde.
No a los demás. A ti.

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