A veces nos parecemos más a lo que hemos perdido que a lo que conservamos

Camila solía guardar objetos rotos. Tazas con asas partidas, relojes sin pila, cartas sin remitente. No lo hacía por nostalgia, decía, sino por respeto. "Todo lo que ha estado lleno alguna vez", repetía como mantra, "merece un lugar donde vaciarse del todo".

Vivía sola en un apartamento pequeño del centro. Había vivido con otros antes —una pareja, una hermana, una amiga que estuvo en crisis—, pero con el tiempo, todos se habían ido. Sin discusiones, sin rupturas dramáticas. Simplemente se fueron. Y ella se quedó, como quien custodia una casa después de una tormenta, intentando descifrar qué había sido destruido exactamente.

Tenía treinta y seis años, una rutina que conocía de memoria y una sensación extraña en el pecho: no tristeza exactamente, sino ausencia.

Un domingo por la mañana, mientras limpiaba los estantes, encontró una foto que creía perdida. Estaba ella, de niña, abrazando a su padre en la playa. Él la sostenía en alto, como si no pesara nada. Era la única foto que quedaba de ese verano, el último antes de que él se fuera de casa y se volviera un recuerdo con nombre.

Camila se quedó mirando esa imagen largo rato. En su rostro de niña había una alegría despreocupada, sin miedo. Se preguntó cuándo fue la última vez que se había sentido así. No pudo recordar.

Pensó entonces en una frase que leyó hacía años: "A veces nos parecemos más a lo que hemos perdido que a lo que conservamos". Y por primera vez, entendió que había cosas dentro de ella que no eran exactamente suyas, sino vestigios. Resonancias de lo que ya no estaba.

Camila conservaba muchas cosas. Su apartamento estaba lleno de libros, plantas, cuadernos a medio escribir. Conservaba hábitos: el café a las 7:30, la caminata de los jueves por el parque, la playlist de los domingos. Conservaba la compostura en las conversaciones, la risa en los encuentros, incluso cuando no siempre le nacía.

Pero cuando pensaba en su esencia —esa cosa esquiva que llamamos identidad—, sentía que gran parte de lo que era se había definido a partir de lo perdido: su padre, su primer amor, la versión de sí misma que pensaba que sería a los treinta.

Conservaba, sí. Pero se parecía más a la niña que dejó de recibir llamadas los fines de semana, a la joven que escribió cartas que nunca se enviaron, a la mujer que aprendió a estar sola no por convicción, sino por repetición.

Un día, en medio de una charla con su terapeuta, Camila se detuvo en seco.

—¿Y si ya no soy esa que estoy intentando recuperar?

La terapeuta, una mujer de voz suave, la miró con atención.

—¿Qué parte de ti crees que perdiste?

Camila pensó en la niña de la foto. En la forma en que reía, en lo mucho que confiaba en el mundo. Pensó en la adolescente que escribía poemas sin miedo al ridículo. En la mujer que se atrevió a enamorarse, aunque le doliera después.

Perdí la ligereza —dijo por fin—. Esa fe en que todo podía estar bien, incluso si dolía.

La terapeuta sonrió con tristeza.

—Y sin embargo, sigues buscándola. Eso también habla de quién eres.

Esa noche, Camila llegó a casa y abrió una caja que tenía guardada en el armario. Estaba llena de cosas que no había querido mirar en años: fotos, cartas, entradas de cine, una bufanda que le regaló su ex pareja. No lloró. Tampoco sonrió. Solo observó.

Lo que encontró no fue dolor, sino reconocimiento. Cada uno de esos objetos era un trozo suyo, no por lo que eran, sino por lo que evocaban. Ella ya no era exactamente esa persona, pero aún se parecía.

Como un espejo antiguo, el pasado no mostraba su reflejo actual, pero sí las líneas que lo habían formado.

Unos días después, Camila decidió cambiar algo. No grande. Solo un gesto. Se apuntó a un taller de cerámica. No tenía ningún talento especial para ello, pero le atraía la idea de moldear con las manos, de hacer algo que no tuviera historia previa.

Durante el primer día, el instructor les pidió crear una vasija imperfecta. "Algo que hable de ustedes sin que digan una sola palabra", dijo.

Camila modeló una pieza extraña: delgada, frágil, con una grieta vertical que no logró ocultar. El instructor la miró en silencio y, en lugar de corregirla, le dijo:

—A veces, lo que se rompe es lo que más revela quiénes somos.

Ella asintió. No sabía si hablaba de cerámica o de sí misma. Quizás ambas cosas. Con el tiempo, Camila entendió que no tenía que elegir entre lo que conservaba y lo que había perdido. Que no era una traición a su pasado permitir que algo nuevo naciera. Que era posible seguir pareciéndose a las heridas, pero también a las formas en que intentaba sanarlas.

Aprendió que hay pérdidas que nos moldean más que cualquier logro. Que hay ausencias que se vuelven guía. Y que a veces, uno camina con los fantasmas no para cargarlos, sino para recordarse que sigue de pie a pesar de ellos.

Un día, sin buscarlo, encontró a alguien. Alguien que no intentó completar lo que le faltaba, sino que se sentó con ella a mirar sus grietas como quien contempla una constelación.

Y fue entonces cuando comprendió que ya no era solo lo que había perdido. También era lo que había tenido el coraje de reconstruir.

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