El cuerpo también sueña con lo que callamos
Desde que su madre murió, tres años atrás, Marina no hablaba de ella. No por falta de amor, sino por un silencio construido a base de pequeñas renuncias. No lloraba frente a otros. No visitaba el cementerio. No miraba las fotos que aún colgaban en la casa, a medio borrar por el sol. Había decidido seguir, porque así le enseñaron: que la vida era hacia adelante y que lo que dolía, se enterraba.
Pero el cuerpo, aparentemente, no había hecho el mismo trato.
“Te estás despertando cada noche a las 3:15, Marina. Eso no es casualidad”, le dijo una terapeuta que empezó a visitar después de varios episodios de insomnio, ansiedad sin nombre y un cansancio que no se explicaba ni con las largas jornadas laborales ni con los quehaceres del día.
—¿Y qué hay a las 3:15? —preguntó, tratando de sonar escéptica, aunque la pregunta le pesaba como una piedra en la garganta.
—No lo sé. Pero tal vez tu cuerpo sí.
La terapeuta, una mujer de voz suave y ojos que parecían mirar dentro, no forzaba respuestas. Le daba tareas. Le pedía que escribiera cosas. Que observara lo que su cuerpo decía cuando no usaba palabras: palpitaciones, contracturas, sueños. Y Marina, al principio, se sintió ridícula. ¿Qué sentido tenía escucharle al cuerpo lo que no sabía ni cómo formular con palabras?
Hasta que empezó a recordar.
La primera imagen fue un sonido: el golpe seco de un portazo. Tenía nueve años. Su madre lloraba en la cocina. Su padre se había ido, otra vez. Marina, escondida en el pasillo, sostenía la respiración. Y luego, como siempre, entraba a la cocina, limpiaba las lágrimas de su madre con un gesto automático, y decía: “Vamos a hacer la torta de limón, ¿sí?”
No lloró entonces. Ni después. Ni cuando su madre se fue para siempre sin que alcanzaran a hablar de esas tardes. Sin que se atrevieran, ninguna de las dos, a nombrar lo que dolía.
Los sueños comenzaron a hacerse más vívidos. En uno, la casa de su infancia se derrumbaba lentamente, pero ella seguía barriendo el suelo como si nada ocurriera. En otro, su madre le entregaba una caja vacía y le decía: “Guardá esto con cuidado”. Y Marina se despertaba empapada en sudor, con la mandíbula apretada, las uñas marcadas en las palmas de las manos.
“Tu cuerpo recuerda lo que vos intentas olvidar”, anotó en su cuaderno.
Una tarde, la terapeuta le propuso una visualización: cerrar los ojos y entrar a la casa de su infancia. Escuchar lo que decía cada habitación. Sentir si había algo que no se había dicho, algo que aún pedía ser escuchado.
Marina lo hizo. Vio el living, la mesa redonda con el mantel a cuadros, las paredes con humedad. Todo era familiar, pero ahora tenía un sonido distinto. Y entonces, en esa visualización, su madre se sentó frente a ella. No dijo nada. Solo la miró. Marina, sin saber por qué, sintió que tenía cinco años otra vez. Quiso hablar. Quiso decirle tantas cosas que no supo por dónde empezar.
—Perdón por no haberte preguntado si estabas bien —susurró.
Y en ese momento, sin darse cuenta, empezó a llorar. No un llanto discreto. Era un llanto viejo, espeso, que venía de algún lugar que el lenguaje nunca había alcanzado.
“Cuando el alma calla, el cuerpo grita”, leyó un día en una hoja que alguien había pegado en la pared de un café. Esa frase la acompañó durante semanas, como un eco necesario. Empezó a registrar todo lo que su cuerpo decía: cuándo le dolía el pecho sin razón, cuándo la espalda se ponía tensa después de hablar con su hermana, cuándo los sueños se llenaban de mensajes cifrados. Y poco a poco, también empezó a hablar.
Le contó a su hermana que extrañaba a mamá, que la sentía presente en los silencios. Le confesó a su pareja que muchas veces tenía miedo de repetir las historias que vivió de niña. Empezó a escribir cartas que no enviaría nunca, pero que liberaban espacio en su memoria emocional.
Y lo más importante: comenzó a abrazar a la Marina que, durante tantos años, se había acostumbrado a callar para que los demás no se quebraran.
Un día, sin esperarlo, se despertó a las 6:30 de la mañana. No hubo pesadillas. No hubo sobresaltos. Solo la suave luz del amanecer entrando por la ventana. Y una sensación tibia en el pecho, como si algo que llevaba mucho tiempo cerrado, finalmente, hubiera encontrado una rendija para salir.
Fue entonces cuando entendió: el cuerpo también sueña con lo que callamos. Porque él sí se atreve a recordar, incluso cuando la mente quiere olvidar. Porque él guarda en su piel los abrazos que no se dieron, en sus músculos las palabras que no se dijeron, en sus noches en vela los duelos que no se vivieron.
No es castigo, es sabiduría. Es su forma de decir: “Todavía hay algo que necesita ser sentido”.
Esa noche, Marina volvió a soñar con su madre. Estaban en la misma cocina, otra vez. Pero esta vez, no pelaban naranjas. Solo se miraban. Y entonces su madre, sonriendo, le dijo:
—Ahora sí me podes dejar ir.
Y Marina, por primera vez en mucho tiempo, supo que podía hacerlo.

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