Escribir para no endurecerse


No todo lo que se escribe busca ser leído. A veces la tinta no quiere convencer, ni enseñar, ni siquiera comunicar. A veces se escribe para sobrevivir. Para no estallar. Para no callar lo que dentro empieza a apretarse como un puño en el pecho. Para no endurecerse más allá del alma. Porque hay dolores que si no se nombran, se enquistan. Se hacen piedra.

La literatura, en su forma más esencial, no comenzó como arte sino como testimonio. Como necesidad. Antes que novelas o poemas, hubo gritos escritos en paredes, en papiros, en la tierra misma. Hubo madres anotando nombres para no olvidar a sus hijos desaparecidos. Presos garabateando versos en servilletas. Exiliados escribiendo cartas que nunca serían enviadas. Gente común trazando palabras sin saber si tenían sentido, pero sabiendo que necesitaban sacarlas.

Y es que el silencio no siempre es un refugio. Puede ser también una cárcel. Cuando lo que no se dice crece por dentro sin salida, empieza a deformar. Convierte el dolor en dureza. La tristeza en cinismo. La pérdida en indiferencia. Y uno, sin darse cuenta, empieza a convertirse en piedra. Ya no tiembla. Ya no se conmueve. Ya no siente. Solo sobrevive.

Por eso hay quienes escriben como quien sangra. Sin forma, sin estilo, sin promesa. Solo para no colapsar. Solo para no quedarse secos. Para seguir siendo humanos en medio del derrumbe. Escribir se vuelve entonces un acto íntimo de resistencia emocional. No para contar una historia perfecta, sino para sostener lo que se rompe. Para dar nombre al caos. Para ordenar lo insoportable.

Lo paradójico es que, en ese acto tan privado, a menudo emerge lo más universal. Lo más compartido. Porque el dolor no tiene dueño exclusivo. Cambian las circunstancias, los rostros, los idiomas. Pero el fondo es el mismo: todos, en algún momento, escribimos con el corazón a medio enterrar. Porque hemos amado y perdido. Porque hemos tenido miedo. Porque algo dentro se apagó y no supimos cómo volver a encenderlo.

Escribir, entonces, no es solo una actividad artística. Es una forma de higiene interna. Como llorar. Como hablar con uno mismo. Como confesarle al papel lo que no nos atrevemos a decirle a nadie. Es, incluso, una forma de terapia que no necesita respuestas. Porque muchas veces no se escribe para entender, sino para soltar. Para dejar de cargar tanto.

El riesgo, claro, es que quien escribe termine también prisionero de lo que escribe. Que reviva una y otra vez sus heridas como quien no quiere dejar ir el dolor. Que se regodee en la melancolía o en la rabia. Que confunda catarsis con destino. Es un riesgo real. Pero también es cierto que muchas veces ese tránsito es necesario. Que antes de sanar hay que ver. Que antes de olvidar hay que recordar con detalle. Que escribir no cura, pero abre la puerta para empezar a curarse.

Y hay otra cosa: cuando uno escribe para no volverse piedra, no escribe solo por sí mismo. Sin saberlo, deja una marca para otros que tampoco quieren endurecerse. Para quien lee y dice: “A mí también me pasa, pero no sabía cómo decirlo”. En ese gesto compartido, el dolor se vuelve menos solitario. Y la piedra, menos inevitable.

El lenguaje tiene ese poder. Puede ser herramienta de control, de poder, de manipulación. Pero también puede ser refugio. Espejo. Tierra fértil. Puede dar forma al caos, sí, pero también puede acariciar. Puede abrazar. Puede salvar, si no del dolor, al menos del aislamiento. Y eso ya es mucho.

Por eso hay que defender el derecho a escribir sin justificación. Sin aspiraciones. Sin audiencias. A escribir porque se necesita. Porque es eso o callar hasta reventar. Porque es eso o volverse piedra.

Y escribir, también, para recordarnos que no somos solo lo que nos hicieron, sino lo que decidimos narrar de lo que nos hicieron. Que podemos contar nuestras versiones. Cambiar el punto de vista. Reescribir lo que pareció definitivo. Que podemos, incluso, inventar un futuro cuando el presente no alcanza.

No todos escriben con palabras. Algunos lo hacen con pintura, con música, con pasos de danza o con la forma en que ordenan una habitación. Pero en todos los casos, se trata del mismo impulso: sacar hacia afuera lo que amenaza con endurecer por dentro. Crear para no congelarse. Expresar para no desbordarse.

En un mundo que exige productividad, certezas, apariencia, escribir sin propósito exterior se vuelve casi subversivo. Es una forma de decir: “Aquí estoy, aunque me duela. Aunque no entienda. Aunque no tenga respuestas, tengo palabras.” Y esas palabras, lejos de ser solo letras, son testimonio de una humanidad que todavía siente. Que todavía tiembla. Que todavía lucha por no volverse piedra.

Quizás eso sea, al final, lo más urgente de todo arte: recordarnos que seguimos vivos por dentro. Que el corazón no es un órgano aislado, sino un paisaje que se erosiona o florece según lo que dejamos pasar por él. Que mientras haya palabras, aunque sean pocas, aunque sean torpes, hay resistencia.

Escribir es, entonces, una forma de cuidar lo blando. Lo vulnerable. Lo humano. Una forma de cavar dentro sin romperse. De decir: “Esto me duele, pero sigo aquí”. De negarse a endurecer el alma solo porque el mundo insiste en que lo hagamos.

A veces, solo a veces, escribir no salva. Pero impide que uno desaparezca en su propio silencio. Y eso también es una forma de salvación.


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