La herida que elegimos
Lucía tenía treinta y nueve años cuando dejó a su esposo. No hubo gritos. No hubo traición. Solo una certeza que creció silenciosa, día tras día, como una grieta en una pared antigua. Lo miró una mañana mientras él leía el periódico en silencio, con la misma taza de café que usaba desde hacía quince años, y pensó: “No puedo más”. No porque no lo quisiera, sino porque se había dejado de querer a sí misma.
Habían construido juntos una vida sin sobresaltos, sin escándalos, sin desastres. Pero también sin pasión, sin curiosidad, sin preguntas. Todo estaba bien, y sin embargo, ella se sentía ausente en su propio reflejo. Vivía en una casa cómoda, con una rutina segura, pero cada día se levantaba sintiendo que algo de ella se había ido sin hacer ruido.
El problema de las decisiones necesarias es que rara vez traen consuelo inmediato. Más bien, suelen venir con culpa, con duelo, con la mirada ajena que no entiende por qué uno eligió romper lo que aún estaba entero. Porque desde afuera, la gente solo ve el acto final, no el desgaste que lo antecede. Y Lucía lo sabía.
Se sintió como una criminal al decirlo. Como si necesitar emoción, deseo o incluso dolor fuera una exigencia egoísta. Pero, en realidad, lo que buscaba era verdad. Una vida en la que pudiera mirarse al espejo sin sentir que actuaba su propio papel.
Un estudio publicado en Journal of Behavioral Decision Making habla sobre lo que llaman “el coste emocional de las decisiones racionales”. El artículo sugiere que las personas que toman decisiones difíciles basadas en la razón (y no en el deseo o la emoción) sufren un mayor desgaste psicológico, especialmente si la elección implica una pérdida relacional o existencial. En otras palabras, decidir lo correcto no siempre nos protege del dolor: a veces lo multiplica.
Lucía experimentó eso en carne viva. Los días posteriores a su separación fueron una mezcla de alivio y duelo. Cada rincón de la casa tenía ecos de lo que fue. El sillón donde leían en silencio. El perchero donde colgaban los paraguas. Los platos que aún lavaban en pareja, incluso cuando ya no compartían conversaciones. El pasado estaba en todas partes, menos en el presente.
Y aun así, no se arrepentía. No porque no doliera, sino porque, por primera vez en años, el dolor le pertenecía. Era suyo. No era la anestesia suave de la costumbre. Era una herida abierta, pero honesta.
Hay decisiones que rompen, sí. Pero también hay renuncias que son formas de amor propio. Y hay momentos en que quedarse es traicionarse. Lucía no eligió irse por cobardía. Lo hizo porque entendió que si se quedaba, su silencio iba a terminar gritando en formas que no podría controlar.
La terapeuta se lo dijo claramente una vez: “Hay dolores que curan, y hay curas que duelen. Lo importante es saber cuál te devuelve a vos misma”.
Esa frase la acompañó durante meses. Le ayudó a distinguir entre el sufrimiento inútil —ese que viene por resistirse al cambio— y el sufrimiento necesario: el que nace cuando uno elige su verdad, aunque duela.
Muchas veces, idealizamos la firmeza. Creemos que quien toma una decisión lo hace con seguridad y sin titubeos. Pero la realidad es otra. La verdadera valentía suele venir con temblores, con noches de insomnio, con dudas que nos muerden desde adentro. Y, sin embargo, hay momentos en que no decidir es lo que más nos destruye. Porque cada día que postergamos, algo dentro de nosotros se encoge.
Lucía aprendió que romper también es una forma de construir. Que no todas las despedidas son fracasos. Algunas son actos de responsabilidad emocional. Algunas decisiones no salvan relaciones, pero salvan personas. Y a veces, eso es lo único posible.
Pasaron dos años desde su separación. Lucía no rehízo su vida en el sentido convencional. No volvió a enamorarse. No llenó los vacíos con otra presencia. Pero sí aprendió a vivir sin culpa. Aprendió que estar sola no era un castigo, sino una oportunidad para reconocerse.
A veces miraba fotos viejas. Él seguía siendo un buen hombre, solo que ya no era su lugar. Y entender eso le permitió sanar desde un lugar más profundo. Porque el dolor, cuando se acepta, pierde su filo. Y porque el amor, cuando se transforma, también puede liberarnos.
¿Y tú?
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¿Qué decisiones estás postergando por miedo a lo que podrían romper?
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¿Has elegido alguna vez lo correcto, aunque te partiera por dentro?
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¿Podrías perdonarte por haber hecho lo necesario, aunque te duela todavía?

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