Lo que no se sabe


Cuando Clara salió por última vez de aquella habitación, no miró hacia atrás. No por valentía, sino por miedo. Sabía que, si se permitía un segundo de duda, un milímetro de nostalgia, no lograría irse. Se fue sin respuestas, con una maleta a medio cerrar y la certeza de que había cosas que ya nunca entendería. Pero también con la intuición de que a veces, no saber es la única forma de seguir adelante.

Años después, cuando alguien le preguntaba por qué terminó aquella historia —una historia que desde fuera parecía tener todos los ingredientes para durar—, Clara sonreía con una mezcla de cansancio y compasión. “No sé”, decía. “Simplemente, no podía quedarme”. Y eso era verdad. Y era mentira. Porque en el fondo sí sabía, pero no podía explicarlo. Y quizás no quería.

La necesidad de entender, de ponerle nombre a todo, es profundamente humana. Queremos saber por qué nos dejaron, por qué fracasamos, por qué nos enfermamos, por qué no bastó. Nos aferramos a las respuestas como si fueran llaves mágicas para cerrar puertas del pasado. Pero, ¿y si esas puertas no se cierran nunca? ¿Y si intentar entenderlo todo solo nos encierra más?

Clara pasó años intentando comprender. Se preguntó qué palabra, qué gesto, qué error había sido el punto de quiebre. Releyó mensajes antiguos, repasó discusiones en su cabeza, buscó patrones. Pero no encontró nada claro. A veces, el dolor no tiene lógica. A veces, simplemente ocurre. Y lo que duele no es solo lo que pasó, sino lo que nunca llegó a pasar.

Un día, en una sesión con su terapeuta, Clara hizo una pausa y dijo:
—Siento que si no entiendo por qué pasó, no voy a poder soltarlo.

Su terapeuta, una mujer mayor de mirada serena, le respondió sin rodeos:
—Y quizás nunca lo entiendas. Y tal vez no necesitas hacerlo. Hay cosas que solo se viven, se sufren… y se dejan atrás.

Esa idea le pareció insoportable. ¿Cómo dejar algo sin comprenderlo? ¿Cómo renunciar al mapa y caminar a ciegas? Pero con el tiempo, comenzó a comprender: la comprensión no siempre trae paz. A veces, solo alarga el sufrimiento.

Hay momentos en la vida en que no saber es lo que nos mantiene en movimiento. Como quien corre en medio de una niebla espesa: si supiera qué hay más adelante —el abismo, la caída, el monstruo que espera detrás del silencio— tal vez no avanzaría. Pero la ignorancia, por cruel que parezca, a veces es también una forma de protección. Como el cuerpo que bloquea recuerdos demasiado dolorosos. Como el alma que elige mirar hacia otro lado.

Clara no supo del todo por qué se fue. Ni por qué él no la detuvo. Pero sí supo que quedarse la estaba marchitando. Y eso bastó. No necesitó un diagnóstico, ni una explicación perfecta. Solo esa sensación visceral de que ya no podía seguir en el mismo lugar.

Una amiga le dijo alguna vez:
—A veces es más fácil vivir con la duda que con la verdad.

Y aunque sonó a cobardía, ella entendió que había algo de sabiduría en eso. Porque la verdad, a veces, no libera. A veces lastima más. A veces una respuesta llega tarde, cuando ya no hay forma de volver.

Clara conoció historias así. Un padre que, tras décadas de abandono, explicó por qué se fue. Pero para su hija, ya no importaba. Un amor que confesó, años después, que sí la quiso. Pero ella ya no era la misma. ¿Para qué sirve saber, si el tiempo ya pasó?

El neurocientífico David Eagleman explica que el cerebro humano tiene una tendencia natural a cerrar narrativas inconclusas. Lo desconocido nos angustia. Pero no toda angustia necesita resolución. A veces, hay que aprender a vivir con la pregunta abierta. Con la frase incompleta. Con la escena final sin concluir.

Y eso fue lo que hizo Clara. Aprendió a vivir sin saber. A convivir con la ausencia como quien convive con una cicatriz: no la toca, no la niega, pero tampoco la deja sangrar cada día. Aprendió que no saber no era rendirse, sino aceptar que no todo puede entenderse.

Una tarde de otoño, Clara volvió a ese mismo parque donde solía caminar con él. Lo hizo sola, sin esperar nada. Ya no buscaba señales. Solo quería ver si aún dolía. Y sí, dolía. Pero de otra manera. Ya no era punzante, sino difuso. Como un eco de algo que fue real, pero que ahora pertenecía a otro tiempo.

Se sentó en una banca, sacó un cuaderno y escribió:

"No saber me salvó. Porque si me hubiera quedado esperando una explicación, habría quedado atrapada en un lugar que ya no existía. A veces, hay que soltar la búsqueda para empezar el verdadero duelo."

¿Y tú?

  • ¿Qué estás intentando entender que, tal vez, no tiene respuesta?

  • ¿Te has preguntado si esa búsqueda te ayuda… o te ata?

  • ¿Qué cambiaría si dejaras de buscar y empezaras a aceptar?

Epílogo

Años después, alguien le preguntó a Clara qué le había enseñado todo aquello. Y esta vez no dijo “no sé”. Dijo:

—Me enseñó que a veces, vivir es aprender a caminar con preguntas sin respuesta. Y que hay un tipo de sabiduría en rendirse ante el misterio sin perder la dignidad.

Porque sí, hay veces en que no saber… es la única forma de avanzar.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Romper para Renacer

El alma no crece con los años, crece con los golpes

La ternura es una forma de resistencia