A veces no es el mundo el que pesa, es la forma en que lo cargamos


No siempre es el mundo el que pesa. El mundo está ahí, girando con sus miserias y sus milagros, con su caos, su belleza, sus contradicciones. No es la existencia misma la que nos aplasta, sino la manera en que decidimos o aprendemos —a veces sin saberlo— a sostenerla.

El peso está en cómo interpretamos el mundo. En los mandatos que arrastramos sin cuestionar, en las lealtades invisibles que nunca renegociamos, en la forma en que aceptamos ciertos dolores como inevitables. Hay quienes cargan el mundo como si todo dependiera de ellos; otros lo evitan hasta desaparecer. Ninguna de esas estrategias aligera. Solo lo hace mirar de frente lo que realmente se está cargando.

Muchos caminan con la espalda curvada por culpas heredadas, por expectativas no dichas, por la necesidad constante de demostrar que valen algo, aunque ya no recuerden a quién. Se esfuerzan por cumplir con un guión que nunca escribieron y que nunca les hizo bien, pero que temen soltar, porque quedarse sin guión también asusta.

A veces lo que más pesa no es lo que sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que sucede. La narrativa interna: ese relato silencioso, ininterrumpido, donde uno se exige, se castiga, se compara, se presiona. No es la realidad la que agobia, sino la interpretación que la mente repite como un eco ineludible. El "debería haber", el "no soy suficiente", el "qué dirán", el "tengo que aguantar".

El problema es que muy pocas veces nos enseñan a revisar esas cargas. Nos educan para resistir, para empujar, para ser fuertes. Pero no para discernir. Nadie nos prepara para preguntarnos qué peso es realmente nuestro y cuál fue impuesto. Cuántas veces llevamos sobre los hombros historias que no son nuestras: los miedos de nuestros padres, los fracasos no asumidos de generaciones, las reglas de un mundo que premia el agotamiento antes que el discernimiento.

Y no se trata de negar que el mundo duele. Duele, sí. Duele la injusticia, la pérdida, la incertidumbre, la violencia. Pero lo que lo hace insoportable no siempre es el hecho en sí, sino la soledad con que se transita, la rigidez con que uno intenta sostenerse, el silencio que se instala cuando ya nadie escucha.

A veces es más fácil cargar con todo que detenerse a pensar en cómo estamos cargándolo. Porque pensar implica abrir fisuras. Y a veces esas fisuras nos asustan más que el peso en sí. Nos da miedo lo que puede salir si aflojamos un poco. Pero en ese temor también habita la posibilidad: de alivianar, de redistribuir, de dejar caer lo que nunca fue nuestro.

No hay nada heroico en cargar el mundo de forma que nos destruya. El sacrificio sin conciencia no redime, solo desgasta. El verdadero coraje no está en resistir siempre, sino en detenerse a mirar qué se está resistiendo y por qué.

Vivimos en una cultura que valora la autosuficiencia más que la conexión. Que romantiza la carga individual, el "yo puedo solo", como si fuera señal de fortaleza. Pero el cuerpo no miente: se cansa, se tensa, se rompe. Y ahí, cuando el cuerpo grita, es cuando uno entiende que quizás no era el mundo el que era demasiado. Era la mochila que llevábamos, llena de cosas que nunca cuestionamos.

A veces, el verdadero acto de libertad no es seguir cargando, sino atreverse a soltar. No todo lo que llevamos nos construye. Algunas cosas solo nos mantienen atrapados. Hay culpas que no redimen, rutinas que no sostienen, relaciones que no nutren. Y sin embargo, nos cuesta soltarlas porque al menos eran conocidas. Porque el vacío que queda cuando algo se deja es muchas veces más abrumador que el peso que implicaba llevarlo.

Pero dejar ir no es renunciar. Es elegir. Elegir no cargar con lo que nos impide caminar. Elegir aligerar para poder seguir. Porque vivir no es resistir eternamente, es también encontrar una manera propia de habitar el mundo sin que nos aplaste.

Y eso requiere valentía: para desobedecer ciertas ideas, para decepcionar a quienes esperaban otra versión de nosotros, para decir “ya no puedo” sin sentir que eso nos define como débiles.

Hay otras formas de cargar el mundo. Con conciencia. Con compañía. Con pausas. Con ternura hacia uno mismo. Aprender a distribuir el peso. A descansar. A pedir ayuda. A reconocer que no todo debe ser llevado a cuestas, que no todo lo que sentimos es obligación procesarlo solos.

Porque a veces, en realidad, lo que necesitamos no es más fuerza, sino más compasión. Para decirnos: hiciste lo que pudiste con lo que tenías. Para permitirnos bajar la guardia sin sentir que fracasamos. Para respirar, al fin, sin la constante amenaza de estar fallando.

No es el mundo el que siempre pesa. Es el miedo con que lo enfrentamos. La rigidez con que intentamos controlarlo. El relato que nos repite que debemos poder con todo. El silencio con que escondemos nuestras heridas.

Pero la verdad es otra: no tenemos que poder con todo. Solo tenemos que aprender a vivir de una forma que no nos destruya en el intento.

Así que no es el mundo el que pesa. Somos nosotros quienes, a veces, lo cargamos como si nos fuera la vida en ello. Cuando en realidad, se trata justamente de vivirla.

Y para eso, a veces, lo primero es aprender a soltar.


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