La infancia es un país lejano que se visita en sueños
La infancia no es una etapa; es un territorio. Uno al que solo se accede desde lejos, cuando la adultez ha hecho suficiente ruido como para obligarnos a buscar silencio. Ese país llamado infancia no tiene coordenadas en el mapa. No se ubica en una casa ni en un parque, no se nombra por una ciudad ni por un colegio. Vive, más bien, en el pliegue más vulnerable de la memoria. Y como todo país remoto, no se visita a voluntad: se aparece, de pronto, en los sueños, en un aroma, en una canción que nos detiene sin saber por qué.
No hay pasaporte que garantice la entrada ni tren que asegure el regreso. Lo que queda de la infancia no es tanto un recuerdo como una atmósfera. Un modo de estar en el mundo que ya no nos pertenece, pero que aún nos afecta. Porque, aunque el cuerpo haya crecido y el tiempo haya corrido, hay algo de esa época que nos sostiene —o nos lastima— en el presente.
La niñez es un país extraño, incluso para quien la vivió. A menudo es incompleta, borrosa, fragmentada. Las memorias de esos años no se almacenan con lógica; se entrelazan a través de emociones, de gestos fugaces, de objetos que adquieren un peso simbólico desproporcionado. La voz de una madre, el tacto de una manta, la sombra de una ausencia. Y es precisamente en esa ambigüedad donde reside su poder: la infancia es irrevocable, pero nunca del todo accesible. Por eso regresa en sueños, donde el control de lo racional se debilita y lo simbólico toma el mando.
Desde la psicología, se ha dicho que todo adulto es, en parte, un niño herido intentando protegerse. Pero también hay otra forma de verlo: todo adulto es, en parte, un niño nostálgico intentando volver a un lugar que ya no existe. Ese deseo de retorno no siempre se expresa con claridad. A veces se manifiesta como ternura al ver jugar a otros niños, otras veces como una tristeza que no encuentra lenguaje. En ambos casos, hay un reconocimiento tácito: lo que fuimos sigue latiendo en lo que somos.
Lo curioso es que no todo lo que recordamos de la infancia es verdadero. Mucho ha sido editado, resignificado, incluso inventado. Porque la memoria no es archivo, es interpretación. Y cada interpretación dice más del adulto que la recuerda que del niño que la vivió. Sin embargo, esa inexactitud no le resta peso. De hecho, le da forma. Nuestra versión de la infancia —real o imaginada— se convierte en una narrativa fundacional. Es desde allí que aprendemos lo que es el amor, el miedo, el abandono, la alegría. Es allí donde se dibujan los primeros mapas afectivos, y desde allí seguimos orientándonos mucho después de haber olvidado el camino.
La cultura suele romantizar la infancia, atribuyéndole inocencia, pureza, espontaneidad. Pero esa visión es parcial. Hay infancias felices, sí, pero también hay infancias solitarias, violentas, truncadas. Hay quienes no quieren volver ni siquiera en sueños. Y sin embargo, lo hacen. Porque el inconsciente no pide permiso. Porque el niño que fuimos tiene asuntos pendientes que ninguna adultez termina de resolver del todo.
Volver a la infancia en sueños puede ser una forma de consuelo, pero también de confrontación. Lo que allí aparece —una casa que ya no está, un rostro que ya no vive, un miedo que nunca se explicó— no es un capricho onírico, sino una señal. Una memoria emocional que busca expresión. Una necesidad de sentido. En esos sueños no siempre hay lógica, pero siempre hay verdad.
Y quizás esa sea la paradoja más profunda: la infancia está lejos, pero nunca se ha ido. Se activa sin previo aviso, se esconde en las decisiones más cotidianas, se disfraza de reacciones desproporcionadas o de vacíos inexplicables. Por eso es necesario visitarla, aunque duela. No como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de responsabilidad. No para quedarse a vivir allí, sino para comprender desde dónde seguimos caminando.
En los procesos terapéuticos, muchas veces se llega a ese país sin buscarlo. Una palabra, una emoción contenida, un patrón repetido lleva, casi sin querer, a la puerta de lo que fuimos. Y cuando esa puerta se abre, no siempre se encuentra paz. Pero sí posibilidad. Posibilidad de reconciliarse con partes de uno mismo que quedaron suspendidas en el tiempo. Porque el adulto que somos también tiene la tarea de cuidar al niño que fuimos. No para idealizarlo, sino para integrarlo.
La infancia, entonces, no solo es un recuerdo. Es una raíz. Y como toda raíz, su función no es visible, pero sí vital. Es allí donde se gesta la estructura con la que soportamos (o no) el peso de la vida. Es allí donde se aprende —o se teme— el vínculo con los otros. Allí donde se repite, una y otra vez, una pregunta que no siempre se formula en voz alta: “¿Fui querido?” Y según la respuesta —o la ausencia de ella— se determina buena parte del relato que tejemos sobre nuestra valía, nuestros afectos, nuestras pérdidas.
Volver a la infancia en sueños no es solo un mecanismo del cerebro dormido. Es una metáfora de lo que sigue operando en la vigilia. Lo que soñamos dice algo, aunque no siempre sepamos interpretarlo. Porque el país de la infancia no está en otro tiempo, está en otro plano. No se mide por años, sino por intensidad. Y en esa intensidad están las claves, a veces dolorosas, de nuestra identidad.
Quizás el verdadero trabajo de madurar no sea tanto dejar atrás la infancia, sino aprender a visitarla sin quedarse atrapado. A mirarla con compasión, con verdad, con cuidado. A dejar que nos diga lo que no pudo decir en su momento. Y luego, agradecer el viaje, cerrar los ojos y volver.
Porque sí, la infancia es un país lejano. Pero también es uno al que, de alguna manera, seguimos perteneciendo.


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