La mente viaja más rápido que los pies, pero no siempre llega más lejos



Vivimos en una época donde la inmediatez ha sido convertida en virtud. Todo debe pensarse rápido, decidirse pronto, resolverse ya. Y en ese vértigo mental en el que nos acostumbramos a vivir, hemos olvidado que el pensamiento —aunque veloz— no siempre es certero. Porque la mente puede viajar más rápido que los pies, sí. Pero eso no significa que llegue más lejos.

El cuerpo, limitado por el tiempo, el cansancio, la materia, avanza con ritmo concreto. Su lentitud impone presencia. Uno camina, siente el suelo, se pierde, se orienta, tropieza. Hay un aprendizaje físico en el avanzar despacio. En cambio, la mente puede estar en Tokio mientras los pies pisan la acera de una ciudad pequeña. Puede anticipar futuros, revivir pasados, planear sin descanso. Pero esa velocidad también es una trampa: no todo lo que se piensa se comprende, no todo lo que se imagina se habita, no todo lo que se prevé se experimenta.

La mente no siempre se detiene a mirar con atención. Corre, salta, proyecta. Y a veces, por su prisa, pasa de largo por los momentos cruciales. Nos imaginamos la vida que queremos, los lugares que deseamos alcanzar, las respuestas que creemos necesitar… pero pocas veces permitimos que el cuerpo y la experiencia validen o cuestionen esas ideas.

Pensar rápido no es lo mismo que entender. De hecho, hay comprensiones que solo llegan cuando el cuerpo ha tenido tiempo de procesarlas. Cuando uno ha estado ahí, en el sitio donde duelen o sanan las cosas. La mente puede fabricar explicaciones antes de que algo pase, pero solo el cuerpo sabe si lo que pasó fue verdad.

En muchos casos, el pensamiento nos lleva lejos... pero también nos aleja. Nos distancia del presente, de lo concreto. Nos instala en el “qué podría pasar” o en el “qué debió haber sido”. Nos anticipamos tanto que vivimos en borradores. Y mientras tanto, la realidad —más lenta, más tozuda— sigue su curso sin esperarnos.

Las decisiones importantes, las que implican transformación real, casi nunca se toman solo en la mente. Requieren estar presentes, habitarse, doler o alegrar en el cuerpo. El duelo, por ejemplo, no se supera con ideas. Se transita con días. Con ausencias que pesan, con objetos que miramos diferente, con rutinas donde falta alguien. El amor tampoco es una teoría. Se entiende amando. Se comprueba en la práctica.

Pero insistimos en correr. Nos convencemos de que pensar más es avanzar más. Que si visualizamos, si planeamos, si proyectamos todo, entonces llegaremos antes, mejor preparados, menos heridos. Y no. Porque no es lo mismo prever que atravesar. La mente puede ensayar infinitas veces cómo será una ruptura, una pérdida, un cambio… pero cuando llega el momento, nada la prepara del todo. Porque hay vivencias que no se pueden pensar, solo vivir.

Eso no quiere decir que pensar esté mal. Al contrario. La reflexión, el análisis, la conciencia crítica son esenciales. Pero deben convivir con la experiencia, no reemplazarla. Pensar sin actuar es como estudiar mapas sin salir nunca de casa. Uno puede conocer todas las rutas posibles, pero sigue sin haber pisado el terreno. Y en ese sentido, hay personas que viven mucho en su mente, pero muy poco en su realidad.

A veces, incluso, usamos la velocidad del pensamiento como forma de evasión. Para no sentir. Para no enfrentar. Razonamos todo tan rápido que dejamos afuera la emoción, el cuerpo, la pausa. Hablamos de lo que nos pasa con distancia quirúrgica, como si la mente nos pudiera proteger de lo inevitable: que lo que duele, duele, aunque lo entendamos. Que lo que falta, falta, aunque lo expliquemos.

Por eso, muchas veces, la mente viaja más rápido, pero no más lejos. Porque llegar lejos implica profundidad, no solo distancia. Implica transformación, no solo velocidad. Y para eso se necesita más que pensamiento: se necesita presencia, tiempo, cuerpo.

Caminar, literalmente, es un acto de humildad. Nos recuerda que no todo puede acelerarse. Que los lugares importantes —tanto internos como externos— se alcanzan paso a paso. Que hay procesos que no se pueden forzar. Que la sabiduría no está en llegar antes, sino en saber por qué y para qué se camina.

En las relaciones humanas esto se vuelve evidente. Uno puede anticipar todos los escenarios posibles, imaginar cómo será el otro, preparar discursos, armar estrategias. Pero al encontrarse con alguien, todo eso puede caer. Porque la otra persona no es una hipótesis: es un ser impredecible, vivo, real. Y la experiencia no se piensa; se comparte.

Cuando corremos con la mente, muchas veces nos perdemos a nosotros mismos. Dejamos de estar. Y lo paradójico es que esa prisa nos aleja de lo que supuestamente buscamos: comprensión, paz, claridad. Porque lo que de verdad transforma, lo que de verdad enseña, rara vez llega de golpe. Llega cuando el cuerpo ha tenido tiempo de estar presente, de habitar el instante, de sentirse parte de la vida.

El pensamiento necesita humildad. Reconocer que su velocidad no garantiza profundidad. Que saber mucho no significa entender. Que la vida no se puede controlar como una ecuación. Y que el conocimiento más valioso no siempre se encuentra en los libros o en las teorías, sino en la vivencia silenciosa de cada día.

Por eso, caminar sigue siendo una metáfora poderosa. El cuerpo avanza con su ritmo, sintiendo el viento, notando las piedras, adaptándose al terreno. Y en ese movimiento lento, a veces torpe, se producen las revelaciones más auténticas. No porque se piensen, sino porque se viven.

La mente puede ir rápido. Puede saltar al futuro o volver al pasado en segundos. Pero si no está acompañada del cuerpo, del sentir, del estar... solo da vueltas. Solo simula caminos. Solo se repite.

Pero no siempre llega más lejos.
Porque lo importante, al final, no es cuán rápido pensamos.
Sino cuánto habitamos lo que pensamos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Romper para Renacer

El alma no crece con los años, crece con los golpes

La ternura es una forma de resistencia