No se puede huir de uno mismo, por eso siempre volvemos


La idea de huir es tan antigua como el ser humano. Huir del dolor, de la pérdida, del pasado. Huir del entorno, de las decisiones, de los errores. Pero, sobre todo, huir de uno mismo. Como si el yo fuera una prisión que pudiera abandonarse con un billete de tren o un cambio de nombre. Como si bastara una mudanza o un silencio prolongado para reescribir lo que uno es. Y, sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario: uno siempre vuelve. No a los lugares, necesariamente. Sino al punto interno desde el que partió.

En una cultura que glorifica el movimiento, que celebra los comienzos y premia la reinvención constante, la huida se disfraza de renovación. Cambiar de ciudad, de trabajo, de rutina. Renunciar a un vínculo, borrar fotos, cambiar el número de teléfono. Todo puede parecer un intento de avanzar, pero muchas veces no es más que una fuga mal disimulada. Porque uno puede alejarse de casi todo, menos del rostro que lo espera cada mañana frente al espejo.

Ese rostro, a veces, es el enemigo. No por lo que muestra, sino por lo que recuerda. Las decisiones que se tomaron. Las que no. Las palabras que se dijeron. Las que se callaron. La identidad no es un traje que pueda quitarse al final del día. Es una sedimentación de actos, gestos y omisiones. Uno no escapa de sí mismo porque uno es la suma —y a veces el peso— de su propia historia.

La modernidad ofrece múltiples formas de evasión: entretenimiento constante, redes sociales, consumo rápido, positividad obligatoria. Hay una economía entera sustentada en anestesiar el pensamiento crítico, en diluir el malestar con distracciones. Pero el yo no desaparece por falta de atención. Solo se repliega. Y en el repliegue, espera. A veces se manifiesta como ansiedad, otras veces como insatisfacción crónica. No se le reconoce de inmediato, pero su presencia es inconfundible: un retorno, una herida que no cierra, una voz interior que insiste.

Volver a uno mismo no siempre es una elección. A menudo es una consecuencia. El cuerpo y la mente terminan por colapsar cuando se los obliga a sostener una máscara demasiado tiempo. El autoengaño tiene un costo fisiológico. El olvido forzado también. Porque todo lo que se reprime se transforma. En síntomas, en actitudes, en vínculos disfuncionales. Y así, lo que parecía estar enterrado vuelve a emerger, como un eco que no encuentra reposo.

La autenticidad, entonces, no es un lujo. Es una necesidad psíquica. No implica una verdad esencial o pura, sino un compromiso con lo que uno sabe —aunque no siempre quiera admitir— sobre sí mismo. La imposibilidad de huir no es una condena, es una oportunidad. La oportunidad de hacerse cargo, de reconciliarse con las propias sombras, de entender que la integridad no consiste en ser perfecto, sino en ser completo. En integrar las partes que incomodan, que duelen, que contradicen.

Hay quienes viajan durante años creyendo que la geografía modificará su estructura interna. Hay quienes cambian de entorno sin cambiar de patrones. Hay quienes repiten errores con otros rostros, convencidos de que el problema estaba fuera. Pero tarde o temprano, la vida confronta. No con violencia, sino con insistencia. Un día algo detona: una conversación, un gesto mínimo, una fotografía vieja. Y ahí está: el yo, esperándonos donde lo dejamos, como si nunca se hubiera ido.

No volver es no aprender. Porque lo que no se enfrenta se repite, y lo que se ignora se enquista. La madurez emocional no radica en tener respuestas, sino en hacerse las preguntas correctas. ¿Qué parte de mí estoy evitando? ¿Qué me digo para no escucharme? ¿Qué silencio encubro con ruido?

La introspección no es un proceso cómodo. Pero es el único camino hacia una libertad que no dependa de la distancia, del olvido o de la negación. Porque el problema no es haber huido. El problema es seguir huyendo cuando ya no hay a dónde ir.

Volver a uno mismo es también una forma de rendición. No ante el fracaso, sino ante la verdad. Y en esa verdad hay algo profundamente liberador. Reconocer las heridas, los miedos, las culpas, no como enemigos, sino como componentes legítimos de la experiencia. Entender que no hay versión de uno mismo que no esté atravesada por lo vivido, por lo elegido, por lo perdido. Y que eso no es debilidad. Es existencia.

Quizás el mayor aprendizaje sea aceptar que la fuga nunca fue solución, sino tránsito. Que volver no es retroceder, sino cerrar el círculo. Porque solo se puede avanzar cuando uno sabe desde dónde parte realmente. No desde la imagen que proyecta, sino desde la conciencia que habita.

Por eso, uno siempre vuelve. Aunque no quiera. Aunque no lo sepa. Aunque crea estar yendo hacia adelante. Porque volver no es geográfico ni lineal. Es psíquico. Es existencial. Y en ese regreso no hay castigo. Hay posibilidad. La posibilidad de mirar con otros ojos lo que antes dolía, de reinterpretar lo que parecía definitivo, de hablar con una voz más honesta y menos complaciente.

No se puede huir de uno mismo. Pero tampoco se necesita. Porque dentro del yo, por caótico que sea, está también la capacidad de reconstrucción. La fuerza no está en no romperse, sino en poder volver a integrarse después. Y para eso, hace falta volver. No al pasado, no a los lugares ni a las personas, sino a ese punto interno donde todo comenzó a doler. O a callarse. O a partir.

Volver, entonces, no es rendirse. Es, tal vez, la única forma real de comenzar.

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