No se vuelve de ciertos silencios

Hay silencios que solo parecen pausa, pero son frontera. Silencios que no significan descanso, ni tregua, ni respeto. Son aquellos que dividen un antes y un después. No todos los silencios son iguales. Hay unos que acompañan. Hay otros que protegen. Pero están también los que deshacen. Los que rompen vínculos, identidad, sentido. Y de esos, no siempre se vuelve.

Un silencio puede doler más que un grito, porque en su ausencia dice todo. Porque es vacío y, a la vez, señal. Un corte en el ritmo de lo compartido. A veces, se entra en él sin darse cuenta. Una conversación que se evita. Un tema que no se nombra. Una emoción que no se reconoce. De pronto, todo parece seguir igual, pero algo se ha perdido.

La idea de que el silencio es neutral es una ilusión. El silencio puede ser cómplice. Puede ser castigo. Puede ser defensa. Puede ser abandono. En muchos casos, no es el silencio lo que lastima, sino lo que significa: el retiro, la renuncia, la imposibilidad de elaborar algo en común.

Quien ha vivido una despedida sin palabras lo sabe. No hay cierre posible sin la mediación del lenguaje. Lo no dicho queda colgando como una pregunta sin respuesta, como un eco persistente. El silencio absoluto deja a la imaginación sola con su carga, y no hay peor verdugo que la suposición permanente. El silencio no explica: insinúa. No aclara: confunde. No libera: aprieta.

Y sin embargo, no siempre se puede hablar. Hay silencios que nacen de la incapacidad, del miedo, del dolor tan grande que no cabe en una frase. Esos, paradójicamente, son los más humanos. Pero también los más difíciles de acompañar. Porque no se sabe qué hay al otro lado. Porque el que calla no siempre quiere esconder, pero tampoco puede mostrar.

En contextos afectivos, estos silencios marcan quiebres. Cuando el diálogo deja de ser posible, cuando el otro se retira al mutismo sin razón explícita, algo se rompe. Porque no saber qué se piensa, qué se siente, qué se quiere, instala una distancia imposible de acortar. La relación entra en un territorio sin mapas. Uno empieza a hablar solo, a interpretar signos. Y eso desgasta.

En el plano social o político, el silencio también tiene consecuencias. El silencio institucional frente a la injusticia, frente al dolor de una comunidad, frente a la violencia, deja cicatrices que duran generaciones. Las ausencias de palabras oficiales se sienten como negación. Y de eso, tampoco se vuelve fácil. Las heridas colectivas sin nombrar no cicatrizan: se enquistan.

Pero el silencio no solo daña cuando viene de afuera. Hay silencios internos, propios, que se convierten en cárceles. Cosas que no nos atrevemos a decirnos ni a nosotros mismos. Realidades que negamos. Pérdidas que fingimos no doler. Voces interiores que se acallan con distracción, con trabajo, con ruido. Con todo, menos con verdad.

Estos silencios personales también tienen un costo. A veces se manifiestan en el cuerpo: en la ansiedad que no se explica, en el insomnio, en una tristeza difusa. Otras veces en los vínculos: uno no puede entregarse del todo si no se ha permitido hablar consigo. Porque lo que no se nombra tampoco se transforma. El silencio interior absoluto puede ser zona de estancamiento.

Y sin embargo, el silencio también es necesario. No como evasión, sino como espacio de escucha. No todo debe ser dicho de inmediato. Hay silencios que son pausa para elaborar. Para no herir. Para comprender. Son silencios llenos, conscientes, fértiles. Pero no son esos los que duelen. Duelen los otros: los vacíos, los abruptos, los que cierran puertas en lugar de abrirlas.

“No se vuelve de ciertos silencios” porque no hay puente una vez que el lenguaje ha sido anulado. Porque donde no hay palabras, no hay encuentro real. Volver implica reconstruir, pero si el silencio fue muro en lugar de puente, es difícil saber desde dónde empezar. Queda una sensación de exilio. Como si uno ya no perteneciera al lugar que habitaba, ni siquiera emocionalmente.

Y sin embargo, hay formas de seguir. Aunque no se vuelva del todo, se aprende a caminar distinto. A vivir con la huella del silencio. A nombrarlo, aunque no se comprenda. A transformar ese vacío en lenguaje nuevo. Escribir, crear, hablar con otros. Todo eso es una forma de resistencia frente a lo que quiso callarnos.

También es cierto que el silencio no es irreversible. Pero romperlo implica coraje. Implica asumir lo que se ha callado, lo que se ha dejado de ser. Y eso no siempre es posible. Hay silencios que se convierten en cementerios de versiones pasadas. Y está bien. No todo debe ser rescatado. Pero sí comprendido.

Porque al final, el silencio más peligroso no es el que se impone desde afuera, sino el que uno termina aceptando como forma de vida. El que se instala como norma. Como si no mereciéramos decir, sentir, pedir, recordar. Como si la voz fuera un privilegio ajeno.

Decir no siempre resuelve. Pero libera. Aunque sea solo un poco. Aunque no cambie nada afuera, cambia dentro. Por eso hay que tener cuidado con los silencios que parecen protección y son renuncia. Con los que nos hacen olvidar que lo dicho también construye, sostiene, acompaña.

No se vuelve de ciertos silencios. Pero se puede aprender a vivir con lo que dejaron. A reconocer su forma. A darles nombre. Porque una vez que se los nombra, ya no son solo sombra.

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