Detrás del 'estoy bien' a veces hay una tormenta con nombre propio
Decir “estoy bien” se ha vuelto una respuesta automática. Una contraseña social. Un escudo. Pero pocas veces es verdad absoluta. Con frecuencia, es una forma elegante de evitar el colapso en voz alta. De no incomodar. De no mostrar que algo dentro está desordenado, temblando, gritando en silencio.
Lo curioso es que casi todos lo decimos. Y casi todos lo entendemos. Sabemos que el “estoy bien” puede ser un intento de autopreservación, de no tener que explicar lo inexplicable. Porque detrás de esa frase mínima puede esconderse una tormenta. Una que no solo agita emociones, sino que lleva nombre: el de alguien que se fue, el de algo que se perdió, el de un sueño que se desmoronó. Las tormentas, cuando son reales, siempre tienen nombre propio.
A veces ese “estoy bien” es lo único que se puede decir sin romperse. Porque no hay palabras para nombrar el dolor que se está sintiendo. O porque las veces que uno intentó explicarlo, nadie supo escuchar. Así que se aprende a resumir la batalla en dos palabras inofensivas. Palabras que no delatan. Que no abren más preguntas. Que dejan a los otros cómodos y al que las pronuncia un poco más solo.
El mundo no siempre está preparado para lo que realmente nos pasa. Pedimos honestidad, pero no sabemos qué hacer con la vulnerabilidad del otro. Por eso, muchos aprenden a mentir con suavidad. A sostenerse de pie mientras por dentro se caen a pedazos. A hablar de cosas triviales mientras la garganta se les llena de escombros.
Hay tormentas que no son visibles. No generan ruido, ni destrucción aparente. Se manifiestan en noches sin sueño, en sonrisas forzadas, en el cansancio inexplicable. Se esconden en la forma de mirar, en el silencio más largo de lo normal, en el gesto contenido. Porque cuando el dolor tiene nombre, también tiene peso. Y ese peso se arrastra en secreto. Se lleva en la espalda, en el pecho, en los ojos.
A veces esa tormenta se llama madre, padre, pareja, ausencia, culpa, ansiedad, diagnóstico, duelo. O simplemente vida. Vida con sus vueltas inesperadas, sus golpes no anunciados, sus vacíos sin respuesta. Y lo más duro es que, muchas veces, nadie más lo sabe. Nadie nota que tras ese “estoy bien” hay una historia que no se cuenta porque no se sabe cómo contarla sin llorar.
Esa frase se convierte entonces en una frontera. Del lado de afuera, la normalidad. Del lado de adentro, la verdad. Y entre ambos, un muro de contención que cada día cuesta más sostener. Porque fingir bienestar también cansa. El silencio pesa. La omisión duele. Pero más duele la incomprensión, el juicio, la falta de tiempo o atención de quienes se supone que deberían estar.
No siempre se trata de no querer hablar. A veces se trata de protegerse. Porque abrir la tormenta requiere valentía, pero también terreno seguro. Y ese terreno no siempre está disponible. Vivimos en un mundo donde mostrar fortaleza es premiado y mostrar dolor, penalizado. Así que se elige el disimulo. Se elige la frase vacía, el disfraz de estabilidad. Y detrás de eso, la soledad.
Lo paradójico es que muchas personas sostienen tormentas con una dignidad admirable. Siguen funcionando, trabajando, cuidando, sonriendo. Como si nada pasara. Y sin embargo, algo pasa. Algo grande. Algo que se lleva parte de ellas cada día. Porque el cuerpo y la mente hacen lo que pueden, pero el alma… el alma sabe que está siendo ignorada.
Es ahí donde nace la fatiga emocional: ese agotamiento de no poder ser uno mismo del todo. De no tener espacio para la angustia, para la fragilidad, para la rabia o el miedo. De tener que ser fuerte por obligación. Y entonces se comprende que la frase “estoy bien” no es tanto una afirmación como una forma de pedir que no pregunten más. O, en algunos casos, de rogar que alguien —solo uno— pregunte en serio.
Detrás del “estoy bien” hay veces en que lo que se necesita no es solución, sino compañía. No consejos, sino presencia. Alguien que se siente a escuchar sin interrumpir, sin juzgar, sin corregir el dolor. Alguien que sepa que no todo sufrimiento es lógica. Que hay dolores que no buscan salida, sino testigo.
Porque, al final, muchas tormentas no se disipan con palabras, sino con humanidad. Con abrazos callados, con silencios compartidos, con gestos mínimos que dicen: “te veo, aunque digas que estás bien”. Esa empatía es lo único que puede atravesar la fachada sin invadir, sin empujar, sin obligar a decir lo que aún no se puede decir.
Y es importante recordar que también uno debe darse ese espacio. Aprender a preguntarse con honestidad: ¿estoy realmente bien? Y si no lo estoy, ¿a quién puedo decírselo sin miedo? Porque no se trata de ventilar todo en todo momento. Se trata de no quedar preso de la mentira que uno repite por costumbre. A veces el primer acto de cuidado es decir la verdad en voz baja, aunque sea solo frente al espejo.
Cierre
La próxima vez que alguien diga “estoy bien”, escúchalo con atención. Quizás lo esté. Pero quizás no. Quizás esa frase esté conteniendo una tormenta que lleva nombre, fecha, y un corazón cansado de sostenerla a solas. Y si tú eres quien la dice, recuerda: no siempre hay que estar bien para ser digno de ser escuchado. No estás solo. La tormenta puede ser parte de ti, pero no eres solo eso. A veces, todo empieza por permitirte no fingir más.


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