Hay días en que el alma pesa más que el cuerpo


Hay jornadas en las que la gravedad parece no obedecer a las leyes físicas, sino a las del corazón. Días en los que el cuerpo se mueve, respira, funciona, pero el alma es la que arrastra su propio peso, como si estuviera cargando con memorias no dichas, con pérdidas acumuladas, con todo lo que no se pudo soltar. No se trata de cansancio físico, sino de un agotamiento invisible, más profundo, que nace en un lugar donde la medicina no llega.

Porque el alma —si aceptamos que existe— es un archivo silencioso. Guarda lo que la mente intenta olvidar y lo que el cuerpo calla. Conserva promesas rotas, sueños pospuestos, palabras que no se dijeron y dolores que no encontraron voz. Cuando esas memorias despiertan, cuando los recuerdos y las ausencias se reorganizan en un mismo punto, el peso se vuelve insoportable. Entonces uno siente que respira más despacio, que caminar cuesta más, que hasta los gestos se vuelven lentos. Como si el mundo se detuviera, pero uno siguiera hundiéndose.

En esos días, la luz parece más pálida y el ruido más lejano. Hay algo en el aire que comprime, una densidad emocional que no entiende de relojes ni rutinas. El alma pesa porque no olvida. Pesa porque recuerda todo lo que se quiso, todo lo que se perdió, todo lo que nunca será. Es un peso extraño, contradictorio: invisible para los demás, pero tan real que altera la manera de habitar el propio cuerpo.

Quizá lo más difícil de explicar es que ese cansancio no siempre viene de lo trágico. A veces pesa incluso la alegría pasada, porque recordar lo que fuimos también confronta lo que ya no somos. El alma carga tanto con lo que duele como con lo que alguna vez hizo feliz. Lleva los rostros que se fueron, los lugares que ya no existen, las versiones de nosotros mismos que dejamos en otros tiempos. Y en ese cúmulo de memorias, el presente se siente insuficiente, como si todo lo vivido ocupara más espacio que lo que queda por vivir.

La ciencia podría decir que esto es ansiedad, depresión, desgaste emocional. Pero la experiencia humana trasciende cualquier diagnóstico. Hay días en los que el alma simplemente se cansa de sostener todo lo que somos y todo lo que hemos sido. Y cuando eso ocurre, el cuerpo se convierte en un huésped frágil: los músculos responden, pero los pensamientos tropiezan, la voz tiembla, los ojos se nublan.

Sin embargo, este peso también revela algo esencial: la profundidad de nuestra capacidad de sentir. Si el alma pesa es porque está llena; porque ha habitado, amado, perdido, buscado. Tal vez no se trate de aprender a “aligerarla”, como suelen aconsejar, sino de reconciliarse con lo que carga. Nombrar el dolor, dar espacio a los recuerdos, aceptar la nostalgia. No para que desaparezca, sino para que deje de hundirnos en silencio.

Hay días en los que el alma pesa más que el cuerpo, sí. Pero incluso entonces seguimos caminando, respirando, avanzando, aunque sea lentamente. Y en ese movimiento mínimo, casi imperceptible, hay una resistencia íntima, una rebelión contra el colapso. Porque si el alma guarda todo lo que nos quiebra, también conserva lo que nos sostiene. A veces no lo vemos, pero está ahí: una pequeña chispa, un recuerdo luminoso, un fragmento de ternura que impide que el peso se vuelva definitivo.

Quizá vivir sea, en el fondo, aprender a caminar con ese peso, sin negarlo, sin huir de él. Saber que hay días en que nos hunde, y otros en los que nos empuja hacia adelante. Porque incluso en su carga más densa, el alma no deja de recordarnos que seguimos aquí, que todavía somos capaces de sentir, y que, de algún modo, eso también es una forma de estar vivos.

Hay días en que abrir los ojos es ya un esfuerzo desproporcionado.
El cuerpo obedece, pero el alma… no.
Late, respira, se mueve… pero no avanza.

Porque hay cansancios que no se explican con horas de sueño,
ni se curan con café,
ni desaparecen al cerrar los párpados.
Son cansancios que vienen de más lejos,
del fondo de uno mismo,
de todo lo que alguna vez dolió y todavía sigue vivo en silencio.

El alma pesa cuando acumula memorias sin nombrarlas,
cuando guarda palabras que nunca se dijeron,
cuando arrastra ausencias que el cuerpo aprendió a disimular.
Pesa por todo lo que no pasó,
por los “quizás” que quedaron suspendidos,
por las promesas rotas y los futuros que no llegaron a existir.

Nadie lo nota.
Desde fuera, todo parece igual:
uno sonríe, conversa, se mueve en automático,
pero por dentro cada gesto es un sobreesfuerzo.
Es como caminar con piedras en los bolsillos,
sabiendo que ninguna de ellas se ve,
pero todas están ahí.

Lo curioso es que el alma no solo carga dolores.
También pesa la nostalgia de lo hermoso,
los fragmentos de felicidad que ya no vuelven,
los instantes que dejaron huella precisamente
porque no pudieron repetirse.
A veces hasta la alegría pasada duele,
porque nos recuerda todo lo que dejamos atrás
sin que nadie nos enseñara cómo sostenerlo.

Hay días así:
donde el aire se siente más espeso,
el tiempo más lento
y el mundo demasiado grande para el tamaño de nuestros pasos.
Y sin embargo, uno sigue.
Se arrastra, respira, sobrevive.

Quizá porque en medio de todo ese peso
hay también una fuerza secreta,
pequeña, casi invisible,
que no se sabe de dónde nace,
pero que insiste en mantenernos de pie.

Tal vez la clave no esté en soltar todo lo que duele,
sino en aprender a nombrarlo,
a reconocer que lo llevamos dentro
y a permitir que deje de ser un peso muerto
para convertirse en parte de nuestra historia.

Hay días en que el alma pesa más que el cuerpo,
sí.
Pero incluso entonces seguimos existiendo,
y en esa persistencia silenciosa,
hay una forma de resistencia
que ni siquiera el propio peso puede quebrar.

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