No siempre es tarde, pero casi nunca es temprano
Hay un territorio invisible entre el impulso y la espera, un espacio donde habita la duda y donde el tiempo parece respirar más lento. Es ahí donde vivimos la mayor parte de la vida: atrapados entre el deseo de avanzar y el temor a hacerlo demasiado pronto. Nos han enseñado a esperar el momento adecuado, a creer en una sincronía perfecta entre lo que sentimos y lo que el mundo permite, pero la experiencia nos confronta con una verdad incómoda: ese instante preciso casi nunca existe.
No siempre es tarde para amar, para comenzar de nuevo, para pedir perdón o para intentar otra vez. La vida se despliega con infinitas oportunidades, pero pocas veces las reconocemos cuando están frente a nosotros. Casi nunca estamos listos. Casi nunca sentimos que es el momento. Y mientras esperamos a sentirnos preparados, el tiempo nos atraviesa con su filo invisible, llevándose con él posibilidades que no volverán.
El problema no es el reloj, es nuestra manera de mirarlo. Creemos que habrá señales claras, que el cuerpo sabrá, que la mente confirmará: “ahora sí”. Pero la verdad es que siempre habrá miedo. Siempre habrá incertidumbre. Nunca es temprano porque las certezas llegan después, cuando todo ya está en movimiento. No se aprende a nadar en la orilla; uno se arroja y el cuerpo inventa cómo mantenerse a flote. Así funcionan las decisiones que marcan la vida: se hacen sin manual, sin garantías, sin promesas.
La frase también guarda una advertencia: no esperes demasiado. No dejes que “aún no” se convierta en “ya nunca”. Porque el tiempo no detiene su marcha para darnos permiso, y las oportunidades no se repiten del mismo modo. No siempre es tarde, es cierto, pero si posponemos indefinidamente, llegará el día en que sí lo sea… y no habrá regreso posible.
Quizás el secreto sea aceptar que nunca habrá un punto perfecto de coincidencia entre lo que deseamos y lo que el mundo permite. La madurez no está en encontrar ese equilibrio imposible, sino en aprender a dar pasos en medio de la incertidumbre, aun cuando tiemblen las manos y el corazón arda de dudas. Porque, al final, la vida no espera a que estemos listos: comienza siempre un segundo antes.
El tiempo no es neutral. Nos educaron para pensar que existe un “momento correcto” para cada cosa, como si la vida estuviera regida por un calendario secreto donde cada acto tuviera su fecha exacta de caducidad o de florecimiento. Sin embargo, la experiencia demuestra que esa sincronía casi nunca ocurre. El instante preciso rara vez llega; la mayoría de las veces, llegamos antes o después, desacompasados con nosotros mismos o con los demás. Vivimos intentando encajar en un tiempo que no nos pertenece.
“No siempre es tarde” parece un consuelo, una invitación a creer que las oportunidades permanecen disponibles, que siempre podemos recomenzar, pedir perdón, atrevernos. Y es cierto: hay puertas que no se cierran para siempre. Pero la segunda parte de la frase —“casi nunca es temprano”— es más cruel, más incisiva. Nos recuerda que pocas veces nos sentimos preparados, que la anticipación casi siempre viene acompañada de vértigo. Actuar demasiado pronto nos aterra; actuar demasiado tarde nos persigue. Quedamos atrapados entre la ansiedad de fallar y el miedo de que el tiempo nos deje atrás.
La paradoja está en que nunca sabremos con certeza cuál es el momento adecuado. No hay relojes que midan la madurez emocional, la oportunidad perfecta, la dosis justa de riesgo. Y, sin embargo, seguimos esperando señales: el contexto ideal, la calma perfecta, la certeza absoluta. Pero esperar demasiado también es una forma de renunciar. La ilusión de control nos paraliza. Creemos que postergar nos protege, cuando en realidad nos desgasta, porque mientras dudamos, la vida sigue sucediendo sin pedir permiso.
La frase revela, en el fondo, una verdad incómoda: la preparación es un espejismo. Nadie está realmente listo para lo que importa. Nunca es temprano porque el miedo siempre nos antecede; nunca sentimos que hemos aprendido lo suficiente, que tenemos la fuerza necesaria, que el mundo nos espera con los brazos abiertos. Pero también rara vez es “demasiado tarde”, porque la vida se reinventa en fracturas, en pérdidas, en decisiones que parecían definitivas y no lo fueron.
El problema es confundir no estar preparado con no estar permitido. Esperar a que todo encaje perfectamente es condenarse a vivir en diferido, como si nuestra existencia dependiera de un guion que nunca se filma. No hay garantías: el amor no avisa, el dolor no consulta, las oportunidades no llaman dos veces. Las cosas se toman en movimiento, o se pierden.
Quizás la única sabiduría posible consista en asumir que el tiempo perfecto no existe. La vida se construye desde el desequilibrio, desde la incomodidad de dar pasos cuando todavía no tenemos suelo firme bajo los pies. No siempre es tarde, pero casi nunca es temprano, y justamente por eso hay que decidir aun con miedo, avanzar aun con dudas, comenzar incluso cuando parece precipitado. Porque el tiempo no espera, y a veces lo único que realmente se nos escapa es la oportunidad de intentarlo.


Comentarios
Publicar un comentario