Hay verdades que iluminan, y otras que ciegan
Hay verdades que iluminan, y otras que ciegan. La paradoja está en que ambas se presentan con la misma fuerza, con la misma contundencia de algo que se impone como innegable, como si la realidad tuviera una sola forma de mostrarse. Sin embargo, el efecto que producen en nosotros puede ser radicalmente distinto: unas nos abren horizontes, nos permiten comprender y caminar con más claridad; otras, en cambio, se convierten en muros, en espejismos que nos encadenan, porque lo cierto no siempre coincide con lo justo, lo verdadero no siempre es lo que conviene mirar de frente.
La verdad que ilumina es aquella que revela sin destruir, que se ofrece no como un mandato, sino como un camino. Es la verdad que, aun siendo incómoda, produce libertad. Pensemos en la lucidez que provoca reconocer nuestras propias limitaciones: no es un golpe que nos cierra el paso, sino un reconocimiento que abre la posibilidad de crecer. Esa clase de verdad nos da perspectiva, nos coloca en un punto más alto desde donde podemos contemplar lo que antes parecía caótico. Iluminar no es arrasar con las sombras, sino mostrar que también forman parte de un orden, de una totalidad más amplia que desconocíamos.
Pero también existen verdades que ciegan, verdades que nos enfrentan con lo intolerable, que nos paralizan con su peso. La verdad puede convertirse en un dogma cuando se presenta como la única forma de ver, cuando no deja resquicio a la duda, cuando se proclama como definitiva. En ese momento deja de ser faro y se convierte en un sol insoportable que nos obliga a bajar la mirada o a negarnos a ver. Lo verdadero puede ser opresivo si lo utilizamos como arma, si lo imponemos sobre otros sin espacio para la interpretación. No olvidemos que el ser humano no se alimenta solo de certezas: también necesita misterio, silencio, zonas de penumbra donde la imaginación y la esperanza puedan respirar. Una verdad absoluta puede ser más peligrosa que una mentira: la mentira al menos puede ser desenmascarada, mientras que una verdad cerrada, tomada como un dogma, asfixia sin dejar alternativa.
En este punto conviene preguntarse si realmente deseamos toda la verdad. Quizá buscamos, más que la verdad desnuda, una forma de verdad que sea soportable, que nos permita vivir. A veces no rechazamos el hecho en sí, sino su crudeza, la manera en que se nos presenta sin mediación. La filosofía, el arte, la poesía, han cumplido a lo largo de los siglos esa función: transformar lo insoportable en algo digerible, mostrar sin herir en exceso, darle sentido a lo que de otro modo sería un abismo. En ese sentido, las verdades que iluminan no son necesariamente más ciertas que las que ciegan, sino que están mejor colocadas, mejor moduladas, más abiertas a ser comprendidas en su justa medida.
La historia nos ofrece ejemplos claros de cómo una verdad, proclamada sin matices, puede convertirse en tiranía. Ideologías enteras se han levantado en nombre de una verdad indiscutible, y lo que empezó como iluminación terminó en ceguera colectiva. El problema no está en la verdad en sí, sino en nuestra manera de gestionarla. Si la verdad se convierte en un punto final, en una conclusión cerrada, mata la posibilidad de pensar. Si, en cambio, se entiende como un proceso, como un horizonte que siempre se aleja, entonces cumple su función: no se trata de poseerla, sino de caminar hacia ella.
También hay que reconocer que cada individuo soporta un grado distinto de verdad. Lo que para unos es claridad, para otros puede ser devastación. La verdad tiene un componente subjetivo en cuanto a sus efectos: depende de la madurez, del contexto, de las herramientas emocionales que tengamos. Así, la misma revelación puede abrirle a alguien un mundo de posibilidades y hundir a otro en la desesperación. No existe, por tanto, una verdad absolutamente luminosa ni absolutamente oscura; lo que existe es nuestra capacidad de recibirla, de integrarla en la vida sin que nos destruya.
Por eso, tal vez la tarea no consista en buscar una verdad única y definitiva, sino en aprender a mirar con un equilibrio entre luz y sombra. Reconocer que necesitamos claridad, pero también penumbra, que el exceso de iluminación puede ser tan dañino como la oscuridad total. La sabiduría, más que en acumular certezas, consiste en saber regular la intensidad de la luz con la que miramos el mundo.
Al final, la pregunta no es si queremos la verdad, sino qué tipo de verdad somos capaces de habitar sin convertirnos en fanáticos ni en ciegos. Hay verdades que, como lámparas, nos acompañan en la noche, discretas y útiles; y hay otras que, como soles implacables, nos obligan a cerrar los ojos para no quedar deslumbrados. Elegir entre unas y otras, o mejor aún, aprender a convivir con ambas, es quizá el verdadero desafío de nuestra existencia.
Quizá la verdad sea como el fuego: puede dar calor o puede quemar, puede ser llama tenue que acompaña o incendio que arrasa. No es la verdad en sí lo que importa, sino la forma en que nos acercamos a ella, la distancia justa que mantenemos para no cegarnos ni quedarnos en tinieblas. Tal vez la vida consista en aprender a danzar entre esas luces y esas sombras, reconociendo que ninguna claridad es eterna, que toda oscuridad es provisional, y que solo en ese vaivén podemos crecer. La verdad, al fin y al cabo, no está hecha para poseerse, sino para ser buscada; no para esclavizar, sino para liberarnos.


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