Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros
Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Esta frase encierra una tensión inevitable entre libertad y determinismo, entre la herencia y la creación, entre lo que nos impusieron y lo que decidimos ser. Nadie nace en el vacío. Somos arrojados a un mundo ya tejido por otros: una lengua que no elegimos, una historia que nos precede, una estructura social que nos asigna un lugar incluso antes de que sepamos hablar. Y sin embargo, dentro de ese conjunto de condicionamientos, germina la posibilidad de actuar, de transformar, de resignificar lo heredado. Lo humano se define en esa brecha diminuta pero decisiva entre lo que recibimos y lo que hacemos con ello.
La educación, la cultura, la política, la familia, incluso la biología, moldean nuestra existencia. Pero no la determinan por completo. La libertad no consiste en escapar de las influencias, sino en ser consciente de ellas, en tomar las riendas del significado que les otorgamos. Somos resultado de una historia, sí, pero también su continuación activa. En cada decisión cotidiana, en cada gesto que rompe la rutina, estamos reinterpretando el guion que nos escribieron. La mayor tragedia es creer que no hay alternativa, que somos meros efectos de causas pasadas. La mayor lucidez, en cambio, es reconocer que podemos ser causa en el presente, autor y no solo personaje.
Esta idea desafía tanto a quienes niegan la responsabilidad individual como a quienes desprecian la fuerza del contexto. No somos víctimas puras ni héroes absolutos. Somos síntesis dinámica, movimiento, lucha constante entre lo que nos hizo el mundo y lo que decidimos hacer con ese molde. Si nos hicieron obedientes, podemos rebelarnos. Si nos hicieron ciegos, podemos aprender a mirar. Si nos hicieron víctimas, podemos transformar el dolor en lucidez. Cada acto humano es una posibilidad de ruptura, una afirmación de la conciencia frente a la inercia del pasado.
No obstante, esa posibilidad no garantiza salvación. Hay quienes repiten la violencia recibida, quienes perpetúan la estructura que los aplasta porque no imaginan otra. Y hay quienes, desde los escombros, reinventan el sentido de su vida y de su comunidad. La diferencia está en el grado de conciencia: saber que lo que nos hicieron no es destino sino punto de partida. En ese saber radica la dignidad. Porque ser humano es precisamente eso: convertir la herencia en proyecto, el pasado en potencia, la herida en creación.
Así, la frase no es solo una reflexión moral, sino una invitación política. Nos recuerda que transformar el mundo empieza por transformar la relación que tenemos con lo que el mundo hizo de nosotros. No hay libertad sin memoria, ni justicia sin autocrítica. Lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros es la medida de nuestra humanidad. Y quizás también la medida de nuestra esperanza.
Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Esta afirmación no es una simple constatación existencial, sino una declaración de resistencia. Nacemos dentro de una trama tejida por siglos de poder, prejuicio, lenguaje y deseo. Nos moldean instituciones, discursos, heridas colectivas y silencios heredados. La historia nos atraviesa sin pedir permiso, nos nombra antes de que tengamos voz. Pero incluso así, existe una grieta en el muro: la capacidad de actuar, de subvertir, de devolverle al mundo una respuesta distinta a la que se espera de nosotros. En esa grieta habita la libertad, frágil y ardiente, que nos convierte en sujetos y no en ecos.
Ser es una tarea, no un hecho consumado. Lo que hicieron de nosotros pesa, sí, pero no clausura. Las marcas del pasado son materia prima de nuestra creación, no cadenas definitivas. El dolor, la injusticia, la marginación o la ignorancia pueden volverse instrumentos de lucidez si decidimos no reproducirlos. Somos, en última instancia, la obra que construimos a partir de lo que nos impusieron. Y esa construcción implica conciencia, rebeldía y responsabilidad. La vida humana no se define por lo que nos pasa, sino por la manera en que respondemos a lo que nos pasa.
No basta con denunciar lo que nos hicieron. También debemos interrogar qué hacemos nosotros con eso. Muchos repiten, sin saberlo, las estructuras de opresión que los formaron; otros, en cambio, las invierten, las desmontan, las resignifican. Ahí se distingue la inercia del pensamiento crítico, la servidumbre de la autonomía. La auténtica libertad no es negar las raíces, sino transformarlas en alas. No se trata de ser “otro” sin historia, sino de ser el resultado consciente de una historia revisada, discutida, reapropiada.
Esta frase, atribuida a Jean-Paul Sartre, apunta al corazón de la condición humana: somos seres situados, condicionados, pero no condenados. La existencia no es destino, sino desafío. El mundo nos hace, pero también podemos rehacerlo. La sociedad nos define, pero también podemos redefinirla. La historia nos hiere, pero también nos ofrece los materiales para construir una forma nueva de humanidad. Cada acto, por pequeño que sea, participa en esa reconstrucción.
Y quizá el sentido último de esta reflexión radica en comprender que la libertad no es un don, sino un ejercicio cotidiano. Es mirar el pasado de frente, sin negarlo ni someterse a él. Es reconocer que la herencia no desaparece, pero puede ser transformada en fuerza creadora. Es entender que lo que hicieron de nosotros no es un final, sino un punto de partida. En esa comprensión se abre la posibilidad de una ética del porvenir, donde cada ser humano asume su poder de reescribir lo que parecía irreversible. Porque, al fin y al cabo, ser humanos es eso: hacer de lo impuesto una obra propia, y de lo heredado, una posibilidad de trascendencia.


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