Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes. En esa frase se encierra una verdad que atraviesa nuestra identidad, porque lo que creemos ser no es algo fijo, sino una construcción que se alimenta de recuerdos, interpretaciones y fragmentos que, incluso sin darnos cuenta, ordenamos una y otra vez. La memoria no es una simple acumulación de datos, no es un archivo rígido donde se guardan episodios tal como ocurrieron. Es un espacio en movimiento, moldeado por lo que sentimos, deseamos y tememos. Lo que recordamos de un momento no siempre es lo que sucedió, pero sí lo que tuvo sentido para nosotros. Por eso, en cierto modo, la vida es más una narración que un registro.
Cada persona es un relato en permanente edición. Cambiamos cómo recordamos nuestra infancia, reinterpretamos ciertas experiencias, le damos nuevos significados a encuentros que en su momento pasaron inadvertidos. La memoria trabaja con la materia prima del pasado, pero la reelabora desde el presente. Eso significa que no solo somos lo que hemos vivido, sino también la manera en que elegimos contarlo, incluso si esa elección es inconsciente. De ahí surge la idea de ser un museo: un espacio donde exhibimos lo que queremos conservar, donde algunos objetos están a la vista mientras otros permanecen guardados en bodegas que casi nunca visitamos.
Pero es un museo quimérico, inconstante, porque lo que somos nunca se define de una vez y para siempre. Nos transformamos con el tiempo, con las experiencias, con las personas que entran y salen de nuestra vida. Hay recuerdos que creemos olvidados y que regresan de improviso, como si estuvieran esperando el momento justo para revelarse. Hay otros que se desvanecen lentamente, no porque no importen, sino porque ya no cumplen una función en la historia que estamos tratando de construir.
Recordar, entonces, no es simplemente mirar hacia atrás, sino preguntarnos quién somos y quién queremos ser. Somos memoria porque sin ella no habría continuidad, ni sentido, ni identidad. Pero también somos olvido, porque olvidar es permitirnos cambiar, dejar espacio para lo nuevo, no quedar atrapados en lo que fue. La inconstancia de la memoria no es una debilidad, sino una posibilidad: la posibilidad de reinventarnos.
Si aceptamos que somos este museo cambiante, también podemos aceptar que no estamos condenados a ser solo lo que hemos sido. La memoria nos da raíces, pero también nos invita a reinterpretar, a reorganizar y a reconstruir. Somos nuestra memoria, sí, pero una memoria viva, en movimiento, abierta. Y en esa plasticidad reside la libertad más profunda: la de narrarnos nuevamente.
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes. La memoria es la materia con la que construimos nuestra identidad, una sustancia hecha tanto de lo que recordamos como de lo que se nos escapa. Cuando pensamos en quiénes somos, inevitablemente miramos hacia atrás, hacia historias, gestos y palabras que creemos nuestras. Sin embargo, esos recuerdos no son estatuas fijas ni fotografías exactas. Están vivos, se transforman, se colorean con el paso del tiempo. Lo que en una época nos parecía doloroso puede convertirse en aprendizaje, lo que alguna vez fue insignificante puede adquirir un peso inesperado con los años.
Somos un museo, sí, pero no uno ordenado con vitrinas limpias y etiquetas precisas. Somos un museo que se reorganiza mientras dormimos, que cambia de pasillo cada vez que entendemos algo nuevo de nosotros mismos. La memoria quimérica sugiere que nada es completamente estable, que nuestra identidad se mueve con la misma fluidez con la que recordamos. Y es que la memoria no es solo retener, también es inventar. Cuando evocamos un momento, no lo recuperamos tal cual fue, sino tal como lo sentimos ahora. Ese pequeño desajuste es lo que nos permite seguir siendo personas en evolución, y no copias estáticas de un pasado fijo.
A veces, lo olvidado pesa más que lo recordado. Hay nombres, lugares o emociones que se pierden, y en esa pérdida también hay una forma de ser. El olvido no necesariamente borra, a veces solo suaviza. Es un descanso para lo que no necesitamos cargar siempre. Y aunque pueda dar miedo pensar que cambiamos nuestros recuerdos, también es una manera de crecer. No podríamos avanzar si cada recuerdo estuviera intacto y rígido.
Al final, lo que somos se sostiene en un equilibrio delicado entre lo que decidimos guardar y lo que dejamos disolverse. La memoria actúa como guardiana de lo vivido, pero también como artista, pintando, borrando, superponiendo. Somos esa obra en proceso, ese museo que nunca se termina de montar. Y quizás esa sea la mayor belleza: saber que estamos hechos de algo tan humano como la inconstancia. Porque en la capacidad de recordar y reinterpretar está nuestra posibilidad de ser algo distinto mañana.


Comentarios
Publicar un comentario