Lo que no se nombra no existe

Lo que no se nombra no existe no es solo una frase provocadora ni un juego lingüístico: es una afirmación que toca el centro mismo de cómo los seres humanos construimos realidad. Nombrar es un acto fundacional. Cuando damos un nombre, delimitamos, distinguimos, sacamos algo del fondo amorfo de la experiencia y lo colocamos frente a nosotros como algo reconocible. Antes de la palabra, lo vivido es sensación difusa; después de la palabra, se vuelve idea, recuerdo, posibilidad de pensamiento. El lenguaje no se limita a describir el mundo: lo organiza, lo jerarquiza y, en muchos casos, lo crea. Aquello que no alcanza a ser dicho queda suspendido en una zona gris, como si no terminara de nacer del todo.

Desde la infancia aprendemos que poner nombre es una forma de control. El niño que señala y pregunta “¿qué es eso?” no busca solo información, busca seguridad. Nombrar calma la angustia de lo desconocido. Sin embargo, esa misma operación también puede convertirse en una forma de exclusión. Lo que no tiene palabra parece no merecer atención, cuidado o reconocimiento. Emociones complejas, experiencias que no encajan en categorías sociales, identidades que no han sido legitimadas por el lenguaje dominante: todo ello queda relegado a un silencio que pesa. No es que no se sientan o no se vivan, es que al no ser nombradas parecen no tener derecho a existir públicamente.

El poder de lo innombrado se manifiesta también en la historia. Durante siglos, muchas realidades humanas fueron invisibles simplemente porque no había palabras para ellas o porque las palabras existentes estaban prohibidas, deformadas o cargadas de estigma. Nombrar una injusticia es el primer paso para combatirla; nombrar una herida es el inicio de su sanación. Por eso el silencio nunca es neutral. Callar no es solo ausencia de sonido, es a menudo una forma de negación. Cuando una sociedad no nombra ciertos dolores, esos dolores se multiplican en la sombra, se transmiten como ecos mudos de generación en generación.

Pero hay una paradoja profunda: no todo puede ser nombrado con facilidad. Existen experiencias que desbordan el lenguaje, que se resisten a ser encerradas en palabras. El amor, el duelo, el miedo más hondo, la revelación íntima: cuando intentamos decirlos, sentimos que algo se pierde. Aun así, insistimos en nombrar, porque incluso una palabra imperfecta es mejor que el vacío absoluto. Nombrar no agota la experiencia, pero la vuelve compartible. Y en esa posibilidad de ser compartida, de ser escuchada por otro, la experiencia se afirma como real. Lo que no se nombra queda atrapado en la soledad; lo que se nombra empieza a existir entre nosotros.

Nombrar no es solo un acto individual, es también un gesto político y profundamente social. Las palabras que existen en una lengua no surgen de manera inocente: reflejan las prioridades, los miedos y los valores de la comunidad que las produce. Por eso, cuando algo no se nombra, no siempre es por falta de capacidad lingüística, sino por una decisión consciente o inconsciente de no mirar. Hay silencios que se construyen con el mismo cuidado que los discursos, silencios que protegen privilegios y sostienen estructuras de poder. Lo que no se dice no incomoda, no exige cambios, no obliga a replantear lo que parece natural.

En este sentido, el lenguaje no solo da existencia, también distribuye legitimidad. Hay palabras que otorgan dignidad y otras que la quitan. Cuando una experiencia es nombrada de manera peyorativa o reductiva, existe, sí, pero existe deformada, atrapada en una narrativa ajena. Peor aún es cuando ni siquiera se le concede un nombre propio. La ausencia de palabra convierte a la vivencia en algo que debe ocultarse, soportarse en silencio o vivirse como culpa individual. Así, muchas personas crecen creyendo que lo que sienten es un error, una anomalía personal, cuando en realidad es una experiencia compartida que no ha sido reconocida colectivamente.

La lucha por nombrar suele aparecer en los márgenes. Son los grupos históricamente silenciados quienes empujan el lenguaje hasta sus límites, quienes inventan nuevas palabras o resignifican las existentes para poder decirse a sí mismos. Cada palabra nueva es una grieta en el muro del silencio. No se trata solo de una cuestión semántica, sino de supervivencia simbólica. Tener una palabra para lo que se es o para lo que se vive permite construir relato, memoria y comunidad. Sin nombre no hay historia; sin historia no hay identidad; sin identidad, la existencia se vuelve frágil, fácilmente negable.

También en la vida cotidiana operan estos mecanismos de manera más sutil. En las familias, por ejemplo, hay temas que no se nombran nunca: pérdidas, violencias, fracasos, deseos prohibidos. Se convierten en secretos que todos intuyen pero nadie pronuncia. Ese silencio no borra los hechos, solo los vuelve más pesados. Lo innombrado se filtra en gestos, en tensiones, en miedos que no parecen tener causa. Nombrar, en cambio, aunque duela, organiza el caos. Poner una palabra sobre la mesa es un acto de valentía porque rompe la ilusión de normalidad y obliga a enfrentar lo que estaba oculto.

Sin embargo, el acto de nombrar no garantiza automáticamente comprensión o justicia. Una palabra puede ser apropiada, vaciada de sentido, convertida en moda o en etiqueta inofensiva. Existe el riesgo de creer que con decir ya es suficiente, como si el lenguaje fuera un fin en sí mismo y no un punto de partida. Nombrar abre la puerta, pero cruzarla implica acciones, cambios de mirada, renuncias. Aun así, sin ese primer gesto verbal, nada comienza. El silencio es estéril; la palabra, incluso incompleta, tiene potencia generadora.

Hay algo profundamente humano en la necesidad de decir. Hablar es una forma de reclamar lugar en el mundo. Cuando decimos “esto me pasa”, “esto duele”, “esto existe”, estamos afirmando nuestra presencia frente a los demás. El lenguaje se convierte entonces en un territorio de disputa, pero también de encuentro. Nombrar no elimina el conflicto, pero lo vuelve visible, discutible, transformable. Mientras algo permanece sin nombre, queda fuera de toda posibilidad de diálogo. Por eso, insistir en nombrar es insistir en existir, incluso cuando las palabras tiemblan, incluso cuando no alcanzan del todo.

Existe, sin embargo, un temor profundo asociado al acto de nombrar. Decir las cosas por su nombre implica asumir consecuencias. Una vez pronunciada la palabra, ya no es posible fingir ignorancia. Lo nombrado exige una posición: obliga a tomar partido, a revisar creencias, a aceptar responsabilidades. Por eso muchas veces preferimos rodear la realidad con eufemismos, metáforas vagas o silencios cuidadosamente sostenidos. No es que no sepamos qué está ocurriendo, es que sabemos demasiado bien lo que implicaría decirlo en voz alta. Nombrar es romper pactos implícitos, desarmar equilibrios precarios que se sostienen gracias a lo no dicho.

En el ámbito personal, este miedo se manifiesta como una resistencia interna. Hay palabras que evitamos decir incluso en la intimidad, porque al hacerlo se vuelven irreversibles. Nombrar una pérdida como pérdida es aceptar que algo no volverá. Nombrar un malestar como injusticia es dejar de culparse a uno mismo. Nombrar un deseo es reconocer su fuerza y, al mismo tiempo, su riesgo. Mientras no se nombra, siempre queda la ilusión de que no es real, de que puede desaparecer por sí solo. Pero lo innombrado no desaparece: se transforma en síntoma, en repetición, en desgaste silencioso.

También hay una dimensión ética en el acto de nombrar. Dar nombre a la experiencia del otro es reconocer su humanidad. Escuchar y repetir una palabra que alguien necesita para decirse es una forma de cuidado. Por el contrario, negar el nombre que el otro reclama es una forma de violencia simbólica. No se trata solo de palabras correctas o incorrectas, sino del derecho básico a existir en el lenguaje compartido. Cuando una voz es sistemáticamente ignorada o ridiculizada, se le empuja de nuevo al margen, a ese espacio donde lo real parece no tener consistencia.

El lenguaje, aunque limitado, es el puente más sólido que tenemos entre la experiencia individual y el mundo común. A través de las palabras, lo que era íntimo se vuelve social, lo que era confuso adquiere contorno, lo que era insoportable se vuelve narrable. Nombrar no resuelve todo, pero permite comenzar. Es el primer gesto de resistencia frente a la nada, frente al olvido, frente a la negación. Cada palabra dicha contra el silencio es una afirmación de vida.

Quizás por eso la frase “lo que no se nombra no existe” no debe entenderse de manera literal, sino como una advertencia. Las cosas existen, incluso sin palabras, pero su existencia es precaria, vulnerable, fácilmente borrable. Nombrar es sostener, es dar peso, es inscribir en la memoria colectiva aquello que de otro modo quedaría condenado a repetirse sin sentido. En un mundo saturado de discursos, el verdadero desafío no es hablar más, sino atreverse a decir lo que todavía no tiene lugar en el lenguaje. Porque solo cuando nos animamos a nombrar, empezamos realmente a hacernos cargo de lo que somos y de lo que vivimos.

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