El lenguaje es la casa del ser
El lenguaje es la casa del ser porque no solo nombra el mundo: lo construye, lo ordena y, en muchos sentidos, lo limita. No habitamos primero una realidad objetiva para luego describirla con palabras; más bien, es a través del lenguaje como la realidad se nos vuelve habitable. Cada palabra abre un espacio de sentido y al mismo tiempo clausura otros posibles. Decir es siempre elegir, y elegir es excluir. Por eso el lenguaje no es un instrumento neutro ni transparente, sino un territorio cargado de poder, historia y conflicto.
Desde que aprendemos a hablar, heredamos un mundo ya dicho. Las palabras que usamos no nacen con nosotros: vienen atravesadas por tradiciones, ideologías, jerarquías y silencios. En ellas se esconden las formas en que una sociedad decide qué es normal, qué es valioso y qué es descartable. Cuando nombramos algo, lo fijamos; cuando algo no tiene nombre, queda en la penumbra de lo indecible. Así, el lenguaje actúa como una arquitectura invisible que determina qué puede pensarse y qué queda fuera del horizonte de lo pensable.
Pero esta casa no siempre es un refugio. A veces el lenguaje se vuelve una prisión. Las palabras repetidas sin reflexión se endurecen, se convierten en clichés que ya no revelan el ser, sino que lo encubren. El discurso automático, técnico o publicitario reduce la experiencia humana a fórmulas vacías. En lugar de abrir sentido, lo empobrece. Se habla mucho, pero se dice poco. Se comunica constantemente, pero se comprende cada vez menos. En este ruido permanente, el lenguaje deja de ser morada y se transforma en un pasillo estrecho donde el pensamiento apenas puede moverse.
Hay también una violencia en el lenguaje cuando este se usa para clasificar, etiquetar y dominar. Nombrar al otro es, muchas veces, apropiárselo. Definir es ejercer poder. Las palabras pueden humanizar, pero también deshumanizar con una facilidad inquietante. Basta cambiar un término para justificar una exclusión, una guerra o una indiferencia moral. En ese sentido, el lenguaje no solo refleja el ser, sino que interviene activamente en su destino.
Sin embargo, en su fragilidad reside también su potencia. El lenguaje puede renovarse, fracturarse, resistir. La poesía, la filosofía y el pensamiento crítico surgen precisamente cuando las palabras habituales ya no alcanzan. Allí donde el lenguaje tropieza, aparece la posibilidad de una verdad más profunda. Forzar el lenguaje, tensarlo, llevarlo hasta sus límites, es una forma de volver a habitarlo conscientemente. No para dominar el ser, sino para escucharlo.
Decir que el lenguaje es la casa del ser implica una responsabilidad radical. No somos simples inquilinos pasivos; somos también quienes la reforman, la ensucian o la cuidan. Cada palabra que elegimos fortalece o debilita esa morada. Pensar críticamente el lenguaje es, en el fondo, pensar críticamente nuestra forma de estar en el mundo. Porque cuando el lenguaje se vacía, el ser se empobrece; y cuando el lenguaje se vuelve más atento, más honesto y más abierto, el ser encuentra un espacio donde puede, al menos por un instante, revelarse.
El lenguaje es la casa del ser, pero también su campo de batalla. No se trata únicamente de un lugar donde el ser se resguarda, sino de un espacio en permanente disputa, donde se decide qué existe, qué importa y qué puede ser ignorado. Habitar el lenguaje no es un acto inocente: es aceptar una estructura previa que nos antecede y que moldea nuestra forma de pensar incluso antes de que seamos conscientes de ello. El ser no habla desde el vacío; habla desde un entramado de palabras que ya han sido usadas, desgastadas, manipuladas y, muchas veces, vaciadas de sentido.
Creemos que usamos el lenguaje, cuando en realidad el lenguaje nos usa a nosotros. Pensamos que lo dominamos, pero la mayor parte del tiempo repetimos fórmulas heredadas sin interrogarlas. Así, el ser queda atrapado en expresiones que no le pertenecen del todo. Decimos “yo”, “verdad”, “libertad”, “éxito” o “amor” como si fueran conceptos evidentes, cuando en realidad son construcciones históricas cargadas de intereses, miedos y contradicciones. El lenguaje no solo expresa lo que somos: nos dice qué deberíamos ser.
En esta casa, muchas habitaciones están cerradas. Hay experiencias que no encuentran palabras y, por tanto, quedan relegadas al silencio. El dolor profundo, lo sagrado, lo verdaderamente íntimo, a menudo no puede decirse sin ser traicionado. El lenguaje exige forma, orden, coherencia, mientras que el ser es, en su raíz, fragmentario, ambiguo e inestable. Cada vez que intentamos nombrarlo por completo, algo se pierde. Lo esencial se desliza entre las grietas de las palabras.
El problema se agrava cuando el lenguaje se vuelve funcional, utilitario, reducido a su capacidad de servir. En la lógica contemporánea, las palabras valen en la medida en que producen resultados: convencen, venden, optimizan, controlan. El lenguaje deja de ser morada y se convierte en herramienta. En ese tránsito, el ser es desplazado por el rendimiento. Ya no importa lo que algo es, sino para qué sirve. Lo que no se puede medir, monetizar o convertir en mensaje rápido se vuelve irrelevante.
Este empobrecimiento no es accidental. Un lenguaje simplificado produce pensamientos simplificados. Un discurso saturado de consignas genera sujetos previsibles. Cuando las palabras pierden profundidad, el ser pierde posibilidades. Se reduce el mundo interior, se achata la experiencia, se normaliza la superficialidad. El silencio reflexivo es reemplazado por la opinión inmediata, y la pregunta profunda por la respuesta prefabricada.
Pero incluso en este escenario, el lenguaje conserva una posibilidad de ruptura. En su misma insuficiencia se abre un espacio crítico. Cuando las palabras fallan, cuando ya no alcanzan, el ser se hace sentir con más fuerza. Allí nace la incomodidad, la duda, la necesidad de pensar de otro modo. El pensamiento crítico no añade palabras sin más: las pone en crisis. Sospecha de ellas, las desarma, las vuelve a mirar.
Habitar el lenguaje de manera consciente implica aceptar que nunca es un hogar terminado. Es una casa que debe ser revisada constantemente, porque puede convertirse fácilmente en un lugar hostil. Cuidar el lenguaje no es un gesto estético ni académico, sino ético. En la forma en que hablamos se revela la forma en que existimos. Y solo cuando el lenguaje deja de ocultar, cuando recupera su capacidad de abrir y no solo de cerrar, el ser puede, aunque sea brevemente, respirar dentro de su propia casa.


Comentarios
Publicar un comentario