
Nada se olvida más despacio que aquello que se quiere olvidar. Porque el olvido no obedece a la voluntad, ni se somete a la prisa del deseo. Aquello que duele, que marcó, que dejó huella, no desaparece por el simple hecho de cerrarle la puerta a la memoria. Al contrario, mientras más se intenta borrar, más se aferra, como si supiera que está siendo expulsado y se resistiera a irse.
Hay recuerdos que no viven en la mente, sino en el cuerpo. Se esconden en una canción que aparece sin aviso, en un aroma que despierta una emoción antigua, en un silencio que pesa más de lo esperado. Son memorias que no piden permiso para volver, que emergen cuando creemos haber avanzado, recordándonos que el tiempo no siempre sana, a veces solo enseña a convivir con lo que quedó.
Olvidar no es un acto inmediato, es un proceso lento, casi invisible. No ocurre de un día para otro, ni se logra forzando el pensamiento a mirar hacia otro lado. Se olvida despacio porque primero hay que comprender, aceptar, sentir sin huir. Porque antes de soltar, el alma necesita entender por qué algo dolió tanto, por qué algo fue tan importante como para dejar una marca tan profunda.
Aquello que se quiere olvidar suele estar ligado al amor, a la pérdida, a las expectativas rotas, a las versiones de nosotros mismos que ya no existen. No se olvida rápido porque no solo se trata de un recuerdo, sino de una parte de la historia personal. Y nadie puede borrar capítulos sin que el corazón proteste.
Con el tiempo, el recuerdo no desaparece, pero cambia de forma. Deja de doler como herida abierta y se transforma en cicatriz. Sigue ahí, pero ya no sangra. Ya no domina los pensamientos, ya no condiciona cada paso. Simplemente existe, como testigo de lo vivido y de lo aprendido.
Quizás no se trata de olvidar, sino de dejar de luchar contra la memoria. De permitir que lo que fue ocupe su lugar, sin invadir el presente. De entender que olvidar despacio también es una forma de sanar, una manera delicada que tiene la vida de enseñarnos a seguir adelante sin negar lo que fuimos.
Porque al final, no olvidamos de golpe aquello que amamos, perdimos o nos transformó. Lo soltamos poco a poco, con paciencia, con conciencia, con compasión hacia nosotros mismos. Y en ese proceso lento, silencioso y profundo, descubrimos que no todo lo que permanece nos destruye. Algunas cosas permanecen solo para recordarnos cuánto hemos crecido.
Nada se olvida más despacio que aquello que se quiere olvidar, porque el corazón no entiende de órdenes ni de atajos. La mente puede intentar cerrar puertas, pero la memoria encuentra rendijas por donde entrar. Lo que se quiso borrar regresa en forma de pensamiento fugaz, de emoción inexplicable, de vacío repentino. Y entonces se comprende que olvidar no es borrar, sino aprender a respirar incluso cuando el recuerdo sigue ahí.
Lo que se intenta olvidar suele estar cargado de significado. No es un hecho cualquiera, es una experiencia que tocó fibras profundas, que cambió algo por dentro. Por eso no se va rápido. Porque no fue superficial, porque dejó raíces. Aquello que no importó se pierde solo, pero lo que marcó el alma se queda, reclamando ser reconocido antes de marcharse.
El deseo de olvidar nace del dolor. De querer descansar de una emoción que pesa, de una ausencia que aún habla, de una historia que no tuvo el final esperado. Pero mientras más se lucha contra el recuerdo, más fuerza parece tomar. Como si la memoria pidiera ser escuchada, no silenciada. Como si dijera que antes de desaparecer necesita ser comprendida.
El tiempo no arrasa con todo, solo suaviza. Convierte lo insoportable en tolerable, lo urgente en distante. Día tras día, el recuerdo pierde intensidad, no porque se haya ido, sino porque deja de gobernar. Se vuelve parte del paisaje interior, algo que ya no duele al mirar, aunque siga estando.
Olvidar despacio también es un acto de amor propio. Es respetar el proceso, aceptar que sanar no es una línea recta. Hay días de calma y días de retroceso, momentos de claridad y otros de nostalgia. Y todo está bien. Porque cada paso lento es un paso real.
Con el tiempo, aquello que se quiso olvidar deja de definirse por el dolor y empieza a transformarse en aprendizaje. Ya no pesa igual, ya no condiciona el presente. Se integra a la historia personal como una experiencia que enseñó, que fortaleció, que dejó una huella necesaria.
Nada se olvida de golpe cuando fue importante. Lo que se olvida rápido es lo vacío. Lo que permanece es lo que tuvo sentido. Y cuando finalmente deja de doler, no es porque haya desaparecido, sino porque el alma creció lo suficiente para sostenerlo sin romperse.
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