La vida es una herida abierta
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La vida es una herida abierta que respira, que late incluso cuando quisiéramos que se cerrara por completo. No es una cicatriz limpia y perfecta, sino un tajo que se renueva con cada pérdida, con cada despedida, con cada ilusión que se rompe en silencio. Desde que comenzamos a entender el mundo, algo en nosotros se expone: la fragilidad, el miedo a no ser suficientes, la certeza de que todo lo que amamos es transitorio. Vivir es aceptar esa abertura constante, esa vulnerabilidad que nos recuerda que estamos hechos de carne sensible y de sueños que pueden desgarrarse.
Hay días en que la herida arde. Se enciende con el rechazo, con las palabras que no llegan, con los abrazos que faltan. Arde cuando miramos atrás y vemos versiones de nosotros que ya no existen, personas que se quedaron en el camino, promesas que no supimos o no pudimos cumplir. Y, sin embargo, esa misma herida es la prueba de que hemos sentido. Cada dolor es también la marca de un intento, de una apuesta por algo o por alguien. Si no doliera, sería porque nunca importó.
La vida nos atraviesa como una corriente intensa que no pide permiso. Nos obliga a cambiar de piel, a soltar certezas, a reconstruirnos con los pedazos que quedan después de cada caída. Y en ese proceso, la herida se vuelve también una puerta. Por ella entra la luz, aunque parezca contradictorio. Porque solo quien ha sido herido entiende la profundidad del consuelo, el valor de una mano extendida, la inmensidad de un gesto pequeño pero sincero. La sensibilidad que nace del dolor nos conecta con otros, nos vuelve más humanos, más conscientes de la fragilidad compartida.
A veces creemos que la meta es cerrar la herida, dejar de sentir, endurecernos para no sufrir más. Pero una vida sin fisuras sería una vida sin intensidad. El amor mismo es una herida abierta: nos expone, nos desarma, nos deja indefensos ante la posibilidad de perder. Y aun así, volvemos a amar. Volvemos a confiar. Volvemos a abrir el pecho, sabiendo que puede doler. Esa insistencia es nuestra forma de resistencia. No es debilidad, es valentía.
La herida también nos enseña a mirar hacia adentro. Nos obliga a preguntarnos quiénes somos cuando nos quedamos sin máscaras, cuando el ruido externo se apaga y solo queda el latido propio. En ese silencio incómodo descubrimos que no todo está roto; hay una fuerza silenciosa que nos empuja a levantarnos. Aprendemos que sanar no significa borrar lo ocurrido, sino integrar la experiencia, convertirla en parte de nuestra historia sin permitir que la defina por completo.
La vida es una herida abierta porque está en constante movimiento. Cambiamos, crecemos, perdemos, ganamos, y en cada transición algo se desgarra y algo nuevo nace. La piel nunca vuelve a ser exactamente la misma, pero se hace más sabia. Cada cicatriz futura será distinta porque nosotros ya no somos los mismos. La herida nos transforma, nos moldea, nos recuerda que existir es un acto profundamente arriesgado.
Y quizá ahí radica su belleza. En esa mezcla de dolor y asombro, de lágrimas y risas que se entrelazan sin pedir coherencia. La herida abierta no es solo sufrimiento; es también la prueba de que estamos vivos, de que sentimos con intensidad, de que nos importa el mundo y las personas que lo habitan. Vivir es sangrar un poco, sí, pero también es vibrar, estremecerse, conmoverse.
Al final, la vida no promete inmunidad, promete experiencia. Nos ofrece el privilegio de sentirlo todo, incluso aquello que duele. Y mientras la herida siga abierta, mientras siga latiendo, habrá posibilidad de cambio, de encuentro, de esperanza. Porque en esa apertura constante reside también la capacidad infinita de amar, de crear y de volver a empezar, aun cuando el corazón tiemble y la piel recuerde cada marca del camino recorrido.
La vida es una herida abierta no porque esté rota, sino porque nunca está terminada. Es apertura radical, exposición constante al tiempo, a los otros, a la incertidumbre. Nacer es quedar desgarrados del silencio absoluto, arrojados a una realidad que no hemos elegido y que, sin embargo, debemos habitar. Desde ese primer instante, existir implica estar vulnerables, atravesados por el devenir, sin la protección de lo definitivo.
Somos conciencia en un mundo que cambia sin pedir permiso. Esa conciencia es filo y es abismo: nos permite comprender la belleza, pero también nos obliga a reconocer la pérdida. Cada experiencia deja una marca; cada decisión implica una renuncia. Vivir es aceptar que toda afirmación lleva en sí misma una negación, que todo comienzo contiene ya la posibilidad de su final. La herida no es solo dolor, es la grieta por donde se filtra la lucidez.
La vida hiere porque transforma. Nada permanece intacto bajo la acción del tiempo. Aquello que amamos se modifica, aquello que creemos ser se deshace y se recompone. La identidad no es una estatua, es una cicatriz en proceso. Nos construimos sobre rupturas: la infancia que se pierde, las certezas que se quiebran, las imágenes de nosotros mismos que debemos abandonar para continuar. Cada crecimiento es un desgarramiento silencioso.
Sin embargo, la herida no es únicamente sufrimiento; es también posibilidad. Solo lo que está abierto puede cambiar. Solo lo que no está sellado puede recibir. La clausura absoluta sería la muerte, la quietud sin riesgo, la ausencia de tensión. Estar heridos por la existencia significa estar disponibles al asombro, al encuentro, al pensamiento. La apertura duele, pero también fecunda.
El amor revela con claridad esta condición. Amar es exponerse sin garantías, aceptar que el otro no nos pertenece y que, aun así, lo elegimos. En el amor se intensifica la herida ontológica de ser finitos: tememos perder, tememos no ser correspondidos, tememos que el tiempo erosione lo que hoy parece eterno. Y pese a todo, insistimos. Esa insistencia no es ingenuidad; es la afirmación consciente de que la plenitud no consiste en evitar la herida, sino en atravesarla.
La vida es una herida abierta porque estamos hechos de tiempo. No podemos fijar el instante, no podemos conservar intacto lo que amamos. Todo fluye, y en ese fluir algo se nos escapa siempre. Pero en esa misma fuga reside la experiencia. Si nada se desvaneciera, nada tendría urgencia; si nada pudiera perderse, nada sería valioso. La finitud es la condición de la intensidad.
Así, la herida se convierte en maestra. Nos recuerda que no somos absolutos, que dependemos, que necesitamos sentido. Nos obliga a pensar, a preguntarnos por el fundamento de nuestras acciones, por el peso de nuestras elecciones. Nos sitúa frente a la responsabilidad de existir con autenticidad, sabiendo que cada acto deja huella en nosotros y en los demás.
Tal vez la sabiduría no consista en cerrar la herida, sino en aprender a habitarla. A comprender que la vulnerabilidad no es defecto, sino estructura. Que el dolor no es simple accidente, sino signo de nuestra apertura al mundo. Vivir, entonces, no es buscar inmunidad, sino asumir la intemperie con dignidad. Permanecer abiertos, aun cuando el viento sea frío.
La vida es una herida abierta porque somos seres en tránsito, nunca acabados, siempre en construcción. Y en esa inacabada condición se esconde nuestra grandeza: la capacidad de transformarnos, de otorgar sentido, de elegir aun en medio de la incertidumbre. La herida no nos define como víctimas del tiempo, sino como protagonistas de una existencia que, precisamente por ser frágil, puede ser profundamente significativa.
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