“El hombre es una pasión inútil.”

 


La existencia humana parece estar atravesada por una contradicción que nunca termina de resolverse. Pasamos buena parte de nuestra vida intentando encontrar algo que justifique nuestro paso por el mundo, algo que nos permita mirar hacia atrás, cuando todo haya terminado, y sentir que nuestros días no fueron simplemente una sucesión de momentos que desaparecieron sin dejar una respuesta. Buscamos el amor, el reconocimiento, el conocimiento, la tranquilidad, el éxito y hasta el sufrimiento cuando creemos que este puede conducirnos a alguna forma de verdad. Nos aferramos a personas, construimos proyectos, perseguimos sueños y nos convencemos de que, si conseguimos aquello que tanto deseamos, finalmente encontraremos esa paz que parece estar siempre un poco más adelante. Sin embargo, cuando alcanzamos una de esas metas, el alivio suele durar menos de lo que imaginábamos. Apenas hemos conseguido algo, otra necesidad comienza a crecer en nuestro interior. Lo que ayer parecía indispensable hoy se vuelve insuficiente, y aquello que alguna vez consideramos el destino final termina convirtiéndose en un nuevo punto de partida. Así, sin darnos cuenta, pasamos la vida desplazando hacia el futuro la promesa de una felicidad que nunca permanece demasiado tiempo en nuestras manos.

Quizá una de las experiencias más extrañas de estar vivos sea descubrir que podemos comprender muchas cosas acerca del mundo sin llegar a comprender del todo por qué estamos aquí. Podemos estudiar las estrellas, medir la distancia entre los planetas, observar el nacimiento de una célula y reconstruir la historia de civilizaciones desaparecidas. Podemos explicar cómo funciona nuestro cuerpo, cómo se forman nuestros recuerdos y cómo una palabra pronunciada en el momento adecuado puede cambiar la vida de una persona. Pero, incluso después de reunir todo ese conocimiento, permanece una pregunta que parece resistirse a cualquier respuesta definitiva: ¿qué significa realmente existir? No preguntamos únicamente por el origen de nuestra vida ni por las circunstancias que nos trajeron hasta aquí, sino por el sentido de tener que vivirla. ¿Por qué necesitamos que nuestros días signifiquen algo? ¿Por qué nos duele tanto imaginar que podríamos desaparecer sin haber encontrado una razón suficiente para justificar nuestra presencia? ¿Y por qué, aun cuando comprendemos que ninguna respuesta puede ofrecernos una seguridad absoluta, seguimos buscándola con una insistencia que a veces termina agotándonos?

El ser humano parece ser una criatura capaz de convertir su propia existencia en un problema. Un animal puede sentir hambre, buscar alimento, encontrar refugio y continuar viviendo sin necesidad de preguntarse qué representa su vida dentro del universo. Nosotros, en cambio, podemos estar sentados frente a una mesa llena de comida, rodeados de personas que nos quieren y protegidos de los peligros inmediatos, y aun así experimentar una sensación inexplicable de vacío. No siempre nos falta algo concreto. A veces tenemos aquello que durante años deseamos conseguir, pero descubrimos que poseerlo no ha resuelto la inquietud que llevábamos dentro. Es como si una parte de nosotros se negara a conformarse con vivir y exigiera, además, una explicación de la vida. No nos basta con respirar, caminar, alimentarnos y despertar cada mañana. Queremos saber para qué hacemos todo eso, hacia dónde nos conduce y qué quedará de nosotros cuando ya no podamos continuar.

En esa necesidad de encontrar un significado podría esconderse una de nuestras mayores fortalezas, pero también una de nuestras cargas más difíciles de soportar. Gracias a ella construimos ciudades, escribimos libros, componemos música, inventamos dioses, formulamos teorías y levantamos monumentos destinados a sobrevivir a quienes los construyeron. Nos negamos a aceptar que todo cuanto amamos pueda desaparecer sin dejar una huella. Por eso contamos historias, conservamos fotografías, repetimos los nombres de nuestros muertos y transmitimos a nuestros hijos recuerdos de personas que nunca llegaron a conocer. Intentamos establecer una continuidad entre lo que fuimos, lo que somos y lo que algún día serán otros. Cada generación recibe un mundo que no ha elegido por completo y trata de dejarlo un poco más comprensible para quienes vendrán después. Sin embargo, ninguna de esas obras consigue detener el tiempo. Las ciudades cambian, los monumentos se desgastan, los libros dejan de leerse y hasta los nombres que parecían destinados a permanecer terminan perdiéndose en algún rincón de la historia. El mundo continúa sin nosotros, y esa continuidad indiferente puede parecernos tan hermosa como aterradora.

Cuando Sartre afirma que el hombre es una pasión inútil, no está diciendo simplemente que vivir carezca de valor o que todo esfuerzo sea absurdo. La frase apunta hacia una contradicción más profunda: deseamos alcanzar una plenitud que nunca conseguimos poseer de manera definitiva. Queremos ser dueños de nosotros mismos, comprender nuestra existencia y convertirnos en algo estable, completo e indiscutible. Sin embargo, estamos hechos de decisiones, cambios, contradicciones y posibilidades que se abren y se cierran continuamente. Nunca terminamos de coincidir con la imagen que tenemos de nosotros mismos. El hombre que fuimos hace diez años puede parecernos hoy un extraño, y el que seremos dentro de otros diez años quizá contemple nuestras certezas actuales con una mezcla de ternura y desconcierto. Vivimos intentando definirnos, pero cada definición resulta provisional. Somos capaces de imaginar una versión perfecta de nosotros mismos y, al mismo tiempo, descubrimos diariamente que estamos lejos de alcanzarla. Nos exigimos una coherencia que nuestra propia naturaleza parece incapaz de garantizar.

Quizá por eso nos cuesta tanto aceptar nuestras limitaciones. No queremos ser únicamente seres que existen durante un breve intervalo de tiempo. Queremos que nuestra existencia tenga una importancia que trascienda ese intervalo. Queremos que nuestras decisiones sean irreversibles en su significado, que nuestros sacrificios conduzcan a alguna forma de recompensa y que nuestros sufrimientos puedan explicarse desde una perspectiva más amplia. Cuando alguien a quien amamos muere, no nos basta con comprender que su cuerpo ha dejado de funcionar. Necesitamos encontrar un lugar para su ausencia dentro de nuestra historia. Intentamos recordar su voz, reconstruir sus gestos y conservar las pequeñas costumbres que compartíamos, como si al mantenerlas vivas pudiéramos impedir que una parte de esa persona desapareciera por completo. Pero la memoria también cambia. Con el paso de los años, algunos detalles se borran, ciertas escenas pierden claridad y las palabras que alguna vez escuchamos comienzan a mezclarse con nuestra propia imaginación. Incluso aquello que deseamos conservar intacto termina transformándose dentro de nosotros.

El tiempo no solo nos acerca a la muerte; también nos obliga a perder continuamente las versiones anteriores de nuestra vida. Cada decisión implica abandonar otras posibilidades. Cuando elegimos un camino, renunciamos a todos los que no podremos recorrer de la misma manera. Una persona puede dedicar décadas a construir una carrera y preguntarse un día cómo habría sido su existencia si hubiera tomado otra dirección. Puede amar profundamente a alguien y, aun así, imaginar ocasionalmente la vida que habría tenido si nunca se hubieran encontrado. Puede sentirse agradecida por lo que posee y lamentar simultáneamente aquello que no llegó a conocer. No hay necesariamente ingratitud en esas preguntas. A veces son la consecuencia inevitable de comprender que nuestra vida es limitada y que no podremos experimentar todas las formas de existencia que somos capaces de imaginar. Cada posibilidad que se convierte en realidad deja detrás de sí una multitud de vidas que solo podrán existir en nuestra mente.

Y, sin embargo, seguimos eligiendo. Incluso cuando ninguna alternativa nos ofrece garantías, tenemos que actuar. Podemos permanecer inmóviles durante algún tiempo, posponer una decisión o fingir que las circunstancias decidirán por nosotros, pero también esas actitudes terminan formando parte de lo que hacemos con nuestra vida. La libertad no siempre se presenta como una experiencia luminosa. En ocasiones se parece más a una habitación vacía en la que nadie puede decirnos qué hacer. Quisiéramos encontrar una autoridad capaz de señalar el camino correcto, una ley universal que eliminara nuestras dudas o una respuesta que nos permitiera actuar sin miedo a equivocarnos. Pero, cuando buscamos una certeza absoluta, descubrimos que muchas de nuestras decisiones más importantes deben tomarse precisamente cuando menos seguros estamos. Elegimos a quién amar sin saber cuánto durará ese amor. Elegimos un oficio sin conocer todas las consecuencias de dedicarle nuestra vida. Decidimos quedarnos o marcharnos, hablar o guardar silencio, perdonar o alejarnos, sin disponer de una visión completa del futuro. Después, cuando los resultados aparecen, intentamos reconstruir el sentido de nuestras decisiones y convencernos de que el camino recorrido tenía una dirección reconocible.

Tal vez lo que más nos inquieta no sea la posibilidad de equivocarnos, sino descubrir que ninguna decisión puede ofrecernos una garantía definitiva de haber vivido correctamente. Podemos actuar con honestidad y sufrir consecuencias injustas. Podemos entregar años a una persona que terminará alejándose. Podemos trabajar con paciencia en algo que nunca recibirá el reconocimiento que esperábamos. Podemos hacer todo lo que creíamos necesario para alcanzar una meta y descubrir, al llegar, que ya no somos la misma persona que la deseaba. La vida no siempre distribuye sus recompensas de acuerdo con nuestros esfuerzos, ni organiza sus acontecimientos de una manera que nos permita reconocer una justicia perfecta. Algunas personas encuentran amor después de haberlo perdido todo, mientras otras pasan años buscando una compañía que nunca llega. Algunos proyectos prosperan por circunstancias que nadie había previsto y otros fracasan a pesar de la dedicación de quienes los construyeron. Frente a esa desigualdad, sentimos la tentación de pensar que debe existir una explicación oculta, un orden que todavía no hemos conseguido descubrir. A veces esa creencia nos sostiene. Otras veces se convierte en una manera de aplazar el momento de aceptar que hay acontecimientos que no podremos comprender por completo.

El absurdo aparece precisamente en esa distancia entre nuestra necesidad de sentido y el silencio del mundo. No necesariamente porque la realidad sea hostil, sino porque no parece obligada a responder a nuestras preguntas. El mar no se detiene para explicarnos por qué perdimos a alguien. Las estaciones continúan sucediéndose después de una despedida. La luz del amanecer entra por la ventana de una habitación en la que alguien acaba de recibir una noticia que cambiará su vida para siempre, mientras en otra casa una familia celebra un nacimiento. La naturaleza no adapta sus movimientos a nuestras alegrías ni suspende sus procesos ante nuestras desgracias. El universo no parece reconocer las categorías con las que organizamos nuestra experiencia. Para nosotros, una pérdida puede representar el final de todo lo que conocíamos; para el mundo, es un acontecimiento que no interrumpe el movimiento de las cosas. Esa indiferencia no necesita interpretarse como crueldad. Simplemente nos recuerda que la importancia que atribuimos a nuestra existencia no constituye una medida universal con la que podamos evaluar todo cuanto existe.

A veces basta con observar un paisaje para experimentar esa extraña mezcla de insignificancia y asombro. Una montaña permanece durante siglos mientras las personas que caminan a su alrededor nacen y desaparecen en unas pocas décadas. Las estrellas que contemplamos en una noche despejada emitieron parte de su luz mucho antes de que nosotros existiéramos. Algunos de esos astros quizá hayan dejado de existir mientras su brillo continúa viajando por el espacio, como una última señal de algo que ya no está. Nosotros también vivimos rodeados de rastros. Caminamos por calles construidas sobre otras calles, pronunciamos palabras heredadas de personas cuyos nombres ignoramos y utilizamos objetos diseñados por individuos que nunca llegaremos a conocer. Nuestra vida se sostiene sobre una inmensa acumulación de esfuerzos anónimos. Alguien cultivó los alimentos que comemos, alguien construyó los caminos que recorremos, alguien cuidó de una persona que, muchas generaciones después, llegaría a formar parte de nuestra familia. La mayoría de esas personas desapareció sin que nosotros supiéramos nada de ellas. Sin embargo, sus acciones contribuyeron a que estuviéramos aquí.

Pensar en esa continuidad puede hacernos sentir pequeños, pero también puede modificar nuestra manera de entender el valor. Quizá no sea necesario que una vida permanezca en la memoria de toda la humanidad para que haya tenido importancia. Quizá el valor de una acción no dependa de la cantidad de personas que lleguen a conocerla, ni de la duración de sus consecuencias. Un gesto de bondad puede no aparecer jamás en un libro de historia y, aun así, cambiar por completo la experiencia de quien lo recibe. Una conversación puede durar unos minutos y acompañar a alguien durante años. Una persona puede ofrecer refugio a otra en un momento de desesperación sin llegar a saber cuánto significó aquella ayuda. Hay acciones cuyo efecto no podemos medir y vínculos que dejan huellas imposibles de observar desde fuera. El hecho de que algo sea temporal no demuestra que sea insignificante. La música termina, pero eso no convierte en inexistente la emoción que produjo mientras sonaba. Una tarde de lluvia desaparece, pero puede permanecer durante décadas en el recuerdo de alguien que la compartió con una persona amada.

Tal vez confundimos con frecuencia la ausencia de permanencia con la ausencia de sentido. Deseamos que aquello que amamos dure para siempre porque tememos que su desaparición convierta en una ilusión todo lo que vivimos. Nos cuesta aceptar que una relación pueda haber sido verdadera y terminar, que una época pueda haber sido hermosa y quedar atrás, que una decisión pueda haber sido correcta para la persona que éramos y dejar de representarnos con el tiempo. Quisiéramos que el valor de nuestras experiencias estuviera protegido contra el cambio, como si necesitáramos una garantía de eternidad para atrevernos a considerarlas importantes. Pero la vida no parece ofrecernos esa protección. Todo cuanto experimentamos está expuesto a la transformación. Incluso nosotros cambiamos mientras intentamos conservar aquello que somos. El cuerpo se modifica, los deseos se desplazan, las convicciones pierden fuerza y algunas preguntas que antes nos parecían fundamentales dejan de ocupar nuestros pensamientos. La identidad no es una posesión que podamos guardar intacta en algún lugar seguro. Es, en gran medida, la historia de las transformaciones que atravesamos y de la manera en que intentamos comprenderlas.

Hay momentos en los que esa transformación se vuelve especialmente visible. Puede ocurrir durante una noche de insomnio, cuando los ruidos habituales de la ciudad disminuyen y nuestros pensamientos parecen adquirir una claridad incómoda. Puede suceder al regresar a una casa que no visitábamos desde la infancia, al encontrar una fotografía olvidada en un cajón o al escuchar una canción que alguien nos enseñó cuando todavía creíamos que el futuro sería una prolongación natural de nuestro presente. De pronto, sentimos la distancia entre lo que fuimos y lo que somos. Recordamos nuestros antiguos temores, los sueños que defendíamos con absoluta convicción y las personas cuya presencia imaginábamos permanente. Algunas siguen cerca. Otras se han convertido en recuerdos. Algunas promesas se cumplieron de una manera que nunca habríamos previsto y otras dejaron de tener sentido antes de que pudiéramos realizarlas. En esos instantes comprendemos que no hemos llegado hasta aquí siguiendo un plan perfectamente definido. Hemos avanzado mediante decisiones parciales, encuentros inesperados, pérdidas, accidentes y oportunidades que solo pudimos reconocer después de haberlas atravesado.

Y quizá esa sea una de las razones por las que la existencia puede parecernos una pasión inútil. No solo porque deseamos aquello que no podemos conservar, sino porque nos entregamos intensamente a construir una vida cuyo resultado final nunca llegaremos a contemplar desde una perspectiva definitiva. Nos esforzamos por convertirnos en alguien, pero nunca terminamos de saber qué significa haberlo conseguido. Buscamos una explicación que reúna todas nuestras experiencias, pero cada nueva experiencia modifica la interpretación de las anteriores. Queremos alcanzar un estado de tranquilidad desde el cual mirar el mundo sin inquietud, aunque la conciencia de nuestra propia finitud vuelve a abrir preguntas que creíamos resueltas. Incluso cuando conseguimos cierta estabilidad, sabemos que no será permanente. La felicidad puede aparecer sin resolver nuestros problemas fundamentales. Podemos sentirnos profundamente vivos sin saber por qué existe la vida. Podemos amar sin comprender del todo qué es el amor. Podemos experimentar una belleza que nos conmueva hasta las lágrimas sin ser capaces de explicar por qué una combinación de luz, sonido y memoria produce en nosotros una emoción tan intensa.

Tal vez la dificultad consista en que esperamos de la razón algo que la razón no siempre puede proporcionar. Queremos convertir la existencia en una demostración, como si al reunir suficientes argumentos pudiéramos eliminar toda incertidumbre y alcanzar una conclusión que nos protegiera del miedo. Sin embargo, comprender las causas de un sentimiento no significa dejar de sentirlo, del mismo modo que conocer los procesos físicos de la muerte no nos prepara necesariamente para perder a alguien. El conocimiento puede aclarar muchas cosas, pero no sustituye la experiencia de vivirlas. Podemos leer cientos de páginas acerca del sufrimiento y continuar sin saber cómo reaccionaremos cuando llegue nuestro propio dolor. Podemos estudiar la libertad durante años y descubrir que tomar una decisión importante sigue produciéndonos vértigo. Podemos aprender a reconocer nuestras contradicciones y continuar actuando de maneras que nos sorprendan incluso a nosotros mismos. No somos observadores neutrales de nuestra existencia. Estamos involucrados en ella, y esa implicación transforma cada pregunta en algo más que un ejercicio intelectual.

Quizá por eso las grandes preguntas filosóficas nunca desaparecen por completo. Cada generación intenta responderlas desde circunstancias distintas, pero las respuestas no consiguen clausurar definitivamente la inquietud. Cambian las sociedades, los conocimientos y las formas de explicar el mundo, mientras la experiencia de ser mortal continúa planteando dificultades semejantes. Las personas siguen preguntándose qué deben hacer con su libertad, cómo soportar la pérdida, de qué manera distinguir una vida auténtica de una vida construida para satisfacer las expectativas ajenas. Siguen temiendo desperdiciar sus años y descubriendo, al mismo tiempo, que no existe una fórmula capaz de garantizar que los aprovecharán correctamente. Seguimos buscando una razón para levantarnos cada mañana, aunque muchas veces esa razón no adopte la forma de una respuesta universal. Puede ser una obligación pequeña, una persona que nos espera, un trabajo que todavía queremos terminar o la curiosidad de descubrir qué sucederá después. A veces la continuidad de la vida depende menos de haber encontrado un sentido definitivo que de conservar algún vínculo con aquello que todavía nos importa.

Esto no significa que debamos renunciar a las preguntas profundas ni conformarnos con cualquier explicación. Significa, quizá, que podemos aprender a convivir con una parte de nuestra incertidumbre sin convertirla necesariamente en una condena. No todas las preguntas tienen que resolverse antes de que podamos actuar. No necesitamos comprender por completo el significado de nuestra existencia para ofrecer compañía a alguien que sufre, para crear algo hermoso o para intentar corregir una injusticia que tenemos delante. Hay decisiones que adquieren valor precisamente porque no podemos conocer de antemano sus resultados. Ayudamos a otra persona sin saber si algún día podremos recibir algo a cambio. Decimos la verdad aun cuando sería más cómodo ocultarla. Cuidamos una relación porque nos importa, aunque sepamos que ninguna promesa puede protegerla de todas las circunstancias. Seguimos aprendiendo porque el conocimiento amplía nuestra manera de mirar, incluso cuando no conduce a una conclusión definitiva. En esos actos no desaparece el absurdo, pero tampoco desaparece nuestra capacidad de responder a él.

Quizá el error sea imaginar que una vida solo puede considerarse valiosa cuando consigue superar sus límites. Queremos dejar de ser vulnerables, eliminar el miedo, evitar las pérdidas y encontrar una forma de existencia que no esté amenazada por el tiempo. Nos gustaría amar sin exponernos al abandono, crear sin enfrentarnos al fracaso y elegir sin renunciar a ninguna posibilidad. Pero una existencia protegida de toda incertidumbre también sería una existencia separada de muchas de las experiencias que le dan profundidad. Amar significa permitir que algo exterior a nosotros adquiera importancia suficiente para afectarnos. Crear significa aceptar que lo que imaginamos puede no coincidir con lo que conseguimos realizar. Elegir significa reconocer que nuestra vida tiene límites y que debemos construir algo dentro de ellos. No hay una manera de eliminar por completo el riesgo sin eliminar también una parte de aquello que hace posibles nuestras experiencias más significativas.

La conciencia de la muerte vuelve especialmente intensa esta contradicción. Sabemos que nuestra vida terminará, pero no podemos experimentar ese final desde el mismo lugar desde el que experimentamos nuestra existencia. Podemos imaginar nuestra ausencia, pero siempre lo hacemos desde una conciencia que permanece presente mientras la imagina. La muerte aparece como un límite que podemos reconocer sin llegar a convertirlo en una experiencia propia que podamos explicar de antemano. Por eso nos inquieta tanto. No representa únicamente la desaparición del cuerpo, sino también la imposibilidad de continuar revisando nuestras decisiones, corrigiendo nuestros errores y descubriendo nuevas versiones de nosotros mismos. Un día ya no habrá una oportunidad posterior para decir aquello que dejamos pendiente o para reconciliarnos con alguien de quien nos alejamos. No podremos regresar a los momentos que considerábamos ordinarios para observarlos con la atención que merecían. Las habitaciones, las voces y los paisajes que formaron parte de nuestra vida continuarán existiendo de alguna manera, pero nosotros ya no estaremos allí para experimentarlos.

Pensar en esa limitación puede resultar doloroso, aunque también puede cambiar nuestra relación con el presente. Muchas veces vivimos como si la vida verdadera estuviera a punto de comenzar, como si los días actuales fueran solamente una preparación para alcanzar un estado futuro en el que por fin podremos descansar, disfrutar o sentirnos satisfechos. Posponemos las conversaciones, el descanso y la atención que deseamos ofrecer a quienes queremos, convencidos de que habrá un momento más adecuado. Nos acostumbramos a considerar el presente como un instrumento para conseguir algo posterior. Trabajamos para vivir mejor, pero terminamos sin tiempo para experimentar aquello que ya hemos conseguido. Esperamos disponer de más tranquilidad para prestar atención a las personas cercanas, y cuando finalmente llega esa tranquilidad descubrimos que algunas relaciones han cambiado o que nosotros mismos hemos dejado de tener la misma disposición. No siempre podemos evitarlo, porque existen responsabilidades reales y circunstancias que limitan nuestras decisiones. Pero quizá convenga recordar que la vida no está compuesta únicamente por los acontecimientos extraordinarios que esperamos con impaciencia. También está hecha de esos momentos que apenas reconocemos mientras suceden y que, años después, descubrimos que formaban parte de lo que más nos importaba.

Una conversación en una cocina, el sonido de unos pasos al regresar a casa, una tarde sin acontecimientos importantes o la presencia silenciosa de alguien que no necesita explicarnos nada pueden adquirir una profundidad que no habríamos sabido anticipar. No porque escondan una respuesta metafísica, sino porque son experiencias concretas de una existencia que no puede repetirse exactamente de la misma manera. Quizá el sentido no sea siempre una propiedad oculta del universo que debamos descubrir, sino algo que aparece parcialmente en la relación entre nosotros y aquello a lo que prestamos atención. Una habitación no tiene el mismo significado para quien acaba de llegar que para quien vivió allí durante treinta años. Una calle puede ser un simple camino para un desconocido y un lugar cargado de recuerdos para alguien que perdió allí a una persona importante. El mundo físico permanece sometido a sus procesos, pero nuestra experiencia de él está atravesada por la memoria, el deseo, la pérdida y la imaginación. Vivimos en un universo que no parece organizarse alrededor de nosotros, pero cada uno de nosotros experimenta ese universo desde una perspectiva irrepetible.

Eso tampoco resuelve el problema de la existencia. Los recuerdos pueden desaparecer, los vínculos pueden romperse y las experiencias más intensas pueden perder su fuerza con el paso del tiempo. No existe una promesa de que aquello que nos importa permanecerá intacto ni de que el esfuerzo que dedicamos a una causa producirá los resultados que esperamos. Podemos vivir de manera consciente y seguir experimentando frustración. Podemos comprender nuestras limitaciones y continuar deseando aquello que no podemos alcanzar. Podemos aceptar racionalmente nuestra mortalidad y sentir miedo cuando pensamos en ella. La lucidez no elimina automáticamente el sufrimiento. A veces incluso lo vuelve más evidente, porque nos permite reconocer la distancia entre lo que deseamos y lo que la realidad puede ofrecernos. Pero quizá no debamos exigirle a la lucidez que nos libere de todas nuestras contradicciones. Comprender una dificultad no siempre significa hacerla desaparecer. En ocasiones significa dejar de engañarnos acerca de su existencia y aprender a tomar decisiones sin esperar que el problema se resuelva por completo.

La frase de Sartre puede sonar desesperanzadora porque parece reducir al ser humano a un deseo destinado al fracaso. Sin embargo, también puede leerse como una descripción de nuestra resistencia a aceptar cualquier forma definitiva de nosotros mismos. Somos una pasión porque deseamos, imaginamos, perseguimos y nos comprometemos con aquello que todavía no existe. Somos inútiles en el sentido de que no podemos convertirnos finalmente en seres completos, libres de contradicciones y protegidos contra la pérdida. Ninguna conquista termina de resolver nuestra existencia porque la existencia no es un objeto que podamos fabricar y colocar ante nosotros para contemplarlo desde fuera. Estamos siempre implicados en lo que somos, y cada intento de definirnos se produce desde una vida que continúa transformándose. Queremos alcanzar una respuesta final, pero el acto mismo de vivir nos expone a nuevas preguntas. Tal vez no haya un punto en el que podamos decir que hemos terminado de comprendernos. Quizá la búsqueda de una identidad definitiva sea, en parte, una manera de intentar detener una transformación que constituye precisamente nuestra forma de estar en el mundo.

Y, aun así, sería demasiado sencillo concluir que nada importa porque nada es permanente. Esa conclusión confunde la ausencia de una garantía universal con la imposibilidad de encontrar motivos para actuar. Que el universo no nos entregue un propósito escrito de antemano no significa que seamos incapaces de establecer compromisos, cuidar a otros o reconocer la importancia de ciertas experiencias. Que nuestra vida termine no significa que todas las decisiones tengan el mismo valor mientras estamos vivos. Que no podamos conocer el resultado de nuestras acciones no significa que debamos renunciar a la responsabilidad por ellas. La incertidumbre no convierte automáticamente todas las posibilidades en equivalentes. Hay formas de vivir que producen sufrimiento evitable y otras que permiten aliviarlo. Hay palabras que humillan y palabras que ofrecen compañía. Hay decisiones que destruyen la confianza y otras que ayudan a reconstruirla. Aunque no dispongamos de una respuesta definitiva acerca del sentido de la existencia, seguimos siendo capaces de reconocer diferencias concretas entre el cuidado y la indiferencia, entre la honestidad y el engaño, entre la crueldad y la compasión.

Quizá no necesitemos encontrar un significado capaz de justificar toda la historia del universo. Tal vez sea suficiente, en determinados momentos, con comprender la importancia de lo que tenemos delante. No como una fórmula que deba repetirse para tranquilizarnos, sino como una forma de atención que nos permita actuar dentro de nuestras posibilidades. Podemos reconocer que una vida es limitada y, precisamente por eso, tratar con cuidado el tiempo que compartimos con otros. Podemos aceptar que no controlamos todas las consecuencias de nuestros actos y, aun así, responsabilizarnos de aquello que sí depende de nosotros. Podemos admitir que nunca llegaremos a comprender por completo el mundo y continuar observándolo con curiosidad. Nada de esto elimina la contradicción fundamental. Seguimos siendo criaturas que desean una seguridad que no pueden obtener y que buscan respuestas en un mundo que no siempre responde. Pero quizá la dignidad de nuestra existencia no dependa de superar esa contradicción, sino de la manera en que vivimos mientras continúa acompañándonos.

Al final, la expresión «una pasión inútil» nos obliga a contemplar una posibilidad incómoda: que nunca lleguemos a convertirnos en aquello que imaginamos ser, que ninguna conquista nos conceda una plenitud definitiva y que el mundo continúe sin necesitar una explicación de nuestra parte. Tal vez dediquemos años a buscar una respuesta y terminemos descubriendo que la pregunta era más grande que cualquier conclusión que pudiéramos formular. Tal vez miremos hacia atrás y encontremos errores que ya no podemos corregir, oportunidades que dejamos pasar y momentos que no supimos apreciar mientras los teníamos. Tal vez algunas de las cosas que considerábamos esenciales pierdan su importancia, mientras otras, que apenas advertíamos, se conviertan en el centro de nuestros recuerdos. No tendremos una perspectiva perfecta desde la cual juzgar todo lo que hicimos. Solo dispondremos de la vida que vivimos, con sus posibilidades realizadas y sus caminos abandonados, con sus momentos de claridad y sus largos periodos de confusión.

Y acaso lo más humano de todo sea que, aun sabiendo esto, continuemos buscando. Continuemos levantándonos después de una decepción, intentando comprender a quienes nos rodean, creando cosas cuyo destino desconocemos y ofreciendo afecto a personas de las que algún día tendremos que despedirnos. Continuemos haciendo preguntas incluso cuando sospechamos que no encontraremos una respuesta capaz de silenciarlas para siempre. No porque estemos seguros de que todo saldrá bien, ni porque hayamos descubierto una razón definitiva para existir, sino porque seguimos participando en una realidad que, mientras la experimentamos, puede conmovernos, herirnos, sorprendernos y transformarnos. La pasión humana quizá sea inútil si por utilidad entendemos la capacidad de conquistar una plenitud eterna, eliminar toda incertidumbre o escapar de nuestra condición mortal. Pero la palabra cambia de peso cuando dejamos de medir la existencia únicamente por aquello que consigue conservar. Lo que sentimos, lo que hacemos y lo que compartimos no necesita durar para siempre para haber sucedido de verdad.

Quizá algún día dejemos de buscar una respuesta que reúna todas las piezas y aprendamos a vivir sin exigirle al mundo una explicación completa. No sería una victoria definitiva sobre el absurdo, porque seguiríamos siendo mortales, vulnerables y capaces de preguntarnos si nuestras decisiones tienen sentido. Sería, más bien, una manera distinta de relacionarnos con nuestra propia incertidumbre. Podríamos continuar preguntando sin convertir cada pregunta en una amenaza, aceptar que algunas pérdidas no tendrán reparación y reconocer que no todas las experiencias necesitan conducirnos hacia una conclusión. Podríamos dejar de tratar cada día como una prueba que debemos superar para merecer el siguiente y comenzar a reconocer que la vida ocurre también en medio de nuestras dudas, nuestras imperfecciones y nuestros intentos incompletos.

Porque quizá el problema nunca haya sido que no podamos encontrar una respuesta definitiva, sino que esperamos que esa respuesta nos libere de la necesidad de vivir. Queremos conocer el sentido de la existencia antes de comprometernos con ella, como si primero debiéramos resolver el misterio para después permitirnos experimentar sus consecuencias. Pero la vida no espera a que terminemos de comprenderla. El tiempo transcurre mientras dudamos, las personas cambian mientras intentamos decidir qué sentimos y el mundo continúa transformándose mientras nosotros buscamos una certeza que nos permita actuar sin temor. No podemos detener ese movimiento hasta encontrar una explicación satisfactoria. Estamos obligados a vivir antes de saber qué significará nuestra vida, a elegir sin conocer todos los resultados y a construir una identidad que nunca estará completamente terminada.

Tal vez esa sea la paradoja más profunda de nuestra existencia: necesitamos un sentido para vivir, pero el sentido, si llega a aparecer, se construye dentro de una vida que nunca deja de estar expuesta a la incertidumbre. No somos espectadores que puedan esperar fuera del tiempo hasta descubrir la razón de su presencia. Somos seres temporales intentando comprender una realidad que nos precede y nos sobrevivirá. Nuestra libertad no nos concede el poder de resolver todas las contradicciones, y nuestra conciencia no nos protege de todas las pérdidas. Sin embargo, mientras estamos aquí, todavía podemos decidir cómo responder a lo que nos ocurre, qué clase de personas intentaremos ser y qué importancia concederemos a aquello que encontramos en nuestro camino.

Quizá el hombre sea, en efecto, una pasión inútil si se espera de él que alcance una perfección definitiva, que venza al tiempo o que encuentre una respuesta capaz de cancelar para siempre el misterio de estar vivo. Pero mientras esa búsqueda continúa, mientras todavía somos capaces de asombrarnos ante una luz que entra por una ventana, de sentir la ausencia de alguien, de reconocer la belleza de algo que pronto desaparecerá o de preguntarnos qué estamos haciendo con nuestros días, la existencia sigue desplegándose en toda su contradicción. No tenemos que convertir esa contradicción en una promesa de felicidad ni fingir que todas las preguntas pueden resolverse. Basta con reconocer que nuestra incertidumbre forma parte de lo que somos y que, incluso en medio de ella, seguimos siendo capaces de actuar, de cuidar, de crear y de cambiar.

Al final, quizá no encontremos una razón definitiva que justifique haber existido. Quizá no exista una conclusión desde la cual todos nuestros esfuerzos adquieran una forma perfecta y todos nuestros errores encuentren una explicación. Puede que la vida no sea una historia destinada a revelar un significado oculto en sus últimas páginas, sino una experiencia que se transforma mientras intentamos comprenderla. Y tal vez, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, lo que quede no sea una respuesta universal, sino una colección incompleta de momentos, decisiones, encuentros y despedidas que no conseguimos conservar para siempre, pero que formaron parte de nosotros mientras estuvimos aquí. Habremos deseado más de lo que pudimos alcanzar, amado sin garantías, temido pérdidas inevitables y buscado una claridad que nunca llegó del todo. Habremos sido contradictorios, vulnerables y temporales. Y, aun así, habremos vivido.

Quizá no haya nada más que eso. Y quizá ese sea precisamente el pensamiento que más nos cuesta aceptar: que no estamos aquí para resolver el misterio de la existencia como quien termina un problema matemático, sino para atravesarlo sin disponer de todas las respuestas. Que nuestra vida no necesita convertirse en una obra perfecta para ser nuestra, ni nuestros esfuerzos alcanzar la eternidad para formar parte de lo que somos. Que podemos continuar buscando sentido sin exigir que la búsqueda termine, y aceptar que la fragilidad de nuestras experiencias no las convierte automáticamente en inútiles. El mundo no nos debe una explicación, el tiempo no nos garantiza una segunda oportunidad y la conciencia no nos ofrece una salida definitiva de nuestras contradicciones. Pero mientras la vida continúa, todavía hay decisiones que tomar, palabras que pronunciar, personas a las que escuchar y experiencias que merecen nuestra atención.

Quizá el hombre sea una pasión inútil porque desea lo imposible: comprenderlo todo, conservar lo que ama, convertirse en alguien definitivo y encontrar una certeza que lo proteja de la incertidumbre. Pero también es una pasión porque, a pesar de conocer sus límites, continúa deseando, construyendo, preguntando y amando. No consigue detener el tiempo, pero puede ofrecer unos minutos de compañía. No puede impedir todas las pérdidas, pero puede cuidar de alguien mientras permanece a su lado. No puede garantizar que sus obras sobrevivan, pero puede crear algo que transforme la experiencia de otra persona. No puede saber con absoluta seguridad por qué existe, pero puede reconocer que su manera de vivir afecta a quienes comparten el mundo con él.

Y quizá, después de todo, no sea necesario encontrar una respuesta que convierta nuestra existencia en algo eterno. Quizá debamos aprender a distinguir entre una vida que no posee una justificación absoluta y una vida que carece de todo valor. Son cosas distintas. La primera es nuestra condición: vivimos sin conocer el sentido último de nuestra presencia y sin poder escapar de nuestra finitud. La segunda es una conclusión que no estamos obligados a aceptar. Entre ambas permanece el espacio de nuestras decisiones, de nuestras relaciones y de todo aquello que todavía podemos hacer. Un espacio limitado, imperfecto y amenazado por el tiempo, pero real mientras lo habitamos.

Tal vez nunca sepamos si nuestra búsqueda conduce hacia alguna verdad definitiva. Tal vez pasemos toda la vida intentando comprender algo que solo podemos experimentar parcialmente. Pero, mientras seguimos aquí, la pregunta permanece abierta, no como una condena que debamos resolver antes de continuar, sino como una parte inseparable de nuestra conciencia. Somos seres que saben que van a desaparecer y que, aun así, se detienen a contemplar el mundo. Seres que comprenden que no pueden poseer el futuro y, sin embargo, hacen planes. Seres que han visto desaparecer innumerables cosas y todavía encuentran motivos para comenzar de nuevo.

Quizá esa insistencia no sea una solución al absurdo. Quizá sea simplemente nuestra manera de habitarlo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

“El hombre es una pasión inútil.”

  La existencia humana parece estar atravesada por una contradicción que nunca termina de resolverse. Pasamos buena parte de nuestra vida i...