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Mostrando las entradas de agosto, 2025

Hay días en que el alma pesa más que el cuerpo

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Hay jornadas en las que la gravedad parece no obedecer a las leyes físicas , sino a las del corazón. Días en los que el cuerpo se mueve, respira, funciona, pero el alma es la que arrastra su propio peso , como si estuviera cargando con memorias no dichas, con pérdidas acumuladas, con todo lo que no se pudo soltar. No se trata de cansancio físico, sino de un agotamiento invisible , más profundo, que nace en un lugar donde la medicina no llega. Porque el alma —si aceptamos que existe— es un archivo silencioso . Guarda lo que la mente intenta olvidar y lo que el cuerpo calla. Conserva promesas rotas , sueños pospuestos , palabras que no se dijeron y dolores que no encontraron voz. Cuando esas memorias despiertan, cuando los recuerdos y las ausencias se reorganizan en un mismo punto, el peso se vuelve insoportable. Entonces uno siente que respira más despacio, que caminar cuesta más, que hasta los gestos se vuelven lentos. Como si el mundo se detuviera, pero uno siguiera hundiéndose. En...

A veces crecer duele porque estás dejando atrás partes de ti que amabas

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Crecer no siempre es avanzar. A veces, crecer se parece más a despojarse, a ir quedando reducido a la esencia de lo que uno realmente es. Y, sin embargo, nadie nos advierte que en ese proceso hay pérdidas que no se sienten como un alivio, sino como amputaciones invisibles. Lo que duele del crecimiento no es solo lo que se gana —las responsabilidades, las expectativas, los miedos nuevos—, sino lo que se deja atrás. Duelen las versiones de ti que ya no existen, las que amaban con ingenuidad, las que creían que todo podía arreglarse con un abrazo o con una noche de sueño profundo. Duele abandonar las certezas que alguna vez te sostenían, las ideas con las que te protegías, las ilusiones que te mantenían de pie. Hay un punto en el camino en el que descubres que crecer no significa acumular, sino soltar. Soltar creencias, personas, lugares, hasta sueños que ya no encajan contigo. Y lo más desconcertante es que muchas de esas partes que dejas atrás eran también cosas que amabas profundamen...

No todo lo perdido estaba destinado a quedarse

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Perder no siempre es tragedia. Aunque duela, aunque en el instante se sienta como una fractura irreparable, hay pérdidas que llegan para revelar lo que, en el fondo, nunca nos perteneció del todo. Nos enseñan que no todo lo que se va lo hace por injusticia o por azar, sino porque había cumplido su ciclo, porque sostenerlo más tiempo habría significado vivir en una ilusión perpetua . La mente humana , sin embargo, se resiste. Nos aferramos a lo conocido con la misma fuerza con la que tememos al vacío. Creamos narrativas para justificar permanencias que no estaban destinadas a durar: relaciones, lugares, certezas, versiones de nosotros mismos. Queremos que lo que amamos permanezca intacto, como si la vida pudiera obedecer nuestros deseos. Pero el tiempo no se negocia, y la permanencia es un mito que inventamos para sentirnos a salvo. Lo perdido no siempre es un error. A veces es una forma silenciosa de liberación. Porque hay vínculos que, si no se rompen, terminan devorando lentamente...

Hay despedidas que se dicen sin pronunciar ninguna palabra

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No todas las despedidas ocurren frente a una puerta, con abrazos torpes o promesas que nadie cumplirá. Algunas suceden en silencio , mucho antes de que los cuerpos se separen. A veces se despide primero la mirada, que deja de buscar la del otro. O lo hace la voz, que empieza a guardar las palabras en vez de entregarlas. La distancia, entonces, no se mide en pasos ni en geografías, sino en los gestos que se apagan . El adiós comienza mucho antes de que se pronuncie y, a veces, ni siquiera llega a pronunciarse. El silencio en estas despedidas no es ausencia de lenguaje; es un lenguaje distinto, más crudo y más honesto que cualquier frase. Hay cosas que no pueden decirse sin romperlas, y por eso se callan . Pero ese callar no es neutral: es un acuerdo tácito entre dos presencias que saben que ya no pueden ser las mismas. Y sin embargo, aunque no haya palabras, el cuerpo lo sabe. Se despide el roce que ya no ocurre, el hábito que empieza a vacilar, la risa que antes era espontánea y ahor...

No todos los refugios son seguros; algunos solo esconden tormentas

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Hay lugares, personas e incluso ideas que elegimos como refugio. Las buscamos con urgencia cuando el mundo parece insoportable, cuando la intemperie de la vida nos obliga a buscar cobijo. Queremos sentirnos protegidos, resguardados, a salvo. Pero pocas cosas resultan más engañosas que esa aparente promesa de seguridad. Un refugio no siempre es un lugar para sanar; a veces, es una trampa disfrazada de paz, un espacio donde el silencio no es calma, sino acumulación de tormentas . La paradoja del refugio inseguro es que, a menudo, lo elegimos precisamente porque creemos que nos salvará. Puede ser una relación, una casa, un grupo, una idea fija, una rutina. No buscamos la verdad, sino el alivio; no queremos libertad, sino tregua . Y, en ese intento de encontrar descanso, entramos en habitaciones donde las paredes ocultan grietas, donde la estabilidad es apenas una ilusión, y donde el costo de permanecer se paga con fragmentos de nosotros mismos. Los refugios peligrosos tienen en común qu...

Lo más difícil de dejar ir no es la persona, sino la versión de ti que eras con ella

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Cuando alguien se va, no solo desaparece una presencia; se fractura un mapa completo de significados. Creemos que lo que duele es la ausencia del otro, pero la verdad es más compleja y más íntima: lo insoportable no es soltar a la persona, sino soltar la versión de nosotros que existía solo en su mirada . En toda relación, consciente o inconscientemente, creamos una identidad particular: somos alguien distinto en función de lo que el otro despierta, nombra o sostiene en nosotros. Cuando esa relación se rompe, no solo se rompe un vínculo; se disuelve un espejo en el que nos reconocíamos . El problema es que, en cada encuentro significativo, hay partes de nosotros que solo nacen bajo ciertas condiciones: gestos que aparecen solo frente a un cuerpo, palabras que brotan solo en un contexto, sueños que solo se pensaban posibles acompañados de cierta voz. Cuando el otro se va, esas versiones se apagan como habitaciones cerradas de una casa que todavía habitamos. No es solo duelo por quien ...

La soledad no siempre es ausencia, a veces es compañía de uno mismo

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Hay una confusión habitual cuando se habla de soledad : se cree que estar solo es, inevitablemente, estar incompleto, como si la presencia de otros fuera el único modo de confirmarnos, de existir en el espejo del mundo. Sin embargo, hay una forma de soledad que no significa vacío, sino presencia. No se trata de la ausencia de los otros, sino de la presencia total de uno mismo. Una paradoja: cuanto más nos alejamos del ruido , más nos encontramos. La cultura actual nos ha enseñado a temerle a la soledad como si fuera sinónimo de fracaso afectivo, de abandono o de carencia. Vivimos rodeados de estímulos que nos invitan a no detenernos, a no escucharnos, a llenar cualquier silencio con ruido externo. Pero lo que más tememos no es la soledad, sino la confrontación que provoca: estar a solas con nuestra mente, sin distracciones, sin discursos prestados, sin la voz de otros que disuelva la nuestra. En ese silencio habita el peso de todas las preguntas que evitamos . La soledad que duele,...

Hay palabras que hieren más por lo que callan que por lo que dicen

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No siempre duele lo que se escucha. A veces, lo que nos hiere no está en las palabras pronunciadas, sino en las que faltan. El silencio escondido entre sílabas puede ser más punzante que cualquier insulto, más devastador que cualquier verdad explícita. Hay frases que parecen inocuas, pero cuyo filo está en lo que omiten. Las heridas más hondas no siempre vienen de lo dicho, sino de lo no dicho . El lenguaje es, por naturaleza, incompleto. Cada palabra que elegimos deja otras tantas afuera, y en esa exclusión habita una violencia sutil. No se trata solo de lo que se expresa, sino de todo lo que se decide no nombrar. Las palabras pueden acariciar, consolar, contener… pero también pueden encubrir, desplazar y borrar. Lo no dicho se acumula como una sombra en el fondo de cada conversación, cargando de tensión incluso los gestos más pequeños. El problema es que el silencio no es neutral. No decir algo es, muchas veces, una forma de decirlo todo. Cuando alguien evita pronunciar una resp...