Algunas decisiones no se toman, se sobreviven
Hay elecciones que no lo son. O al menos, no en el sentido tradicional de la palabra. No todas las decisiones se planifican, se piensan detenidamente o se enfrentan con libertad. Algunas llegan como un golpe, como una exigencia del contexto, como un empujón desde el borde. Y cuando eso ocurre, más que decidir, uno sobrevive. La narrativa dominante —esa que tanto se reproduce en discursos motivacionales, manuales de superación y ficciones heroicas— insiste en que siempre tenemos una elección. Que el individuo es dueño de su destino, que todo se reduce a quererlo lo suficiente, a elegirlo con firmeza. Pero esa visión es, muchas veces, ingenua. Hay decisiones que se toman en condiciones de asfixia, de urgencia, de agotamiento emocional. Y ahí no hay libertad plena, hay instinto. Salir de una relación abusiva, dejar un país que ya no ofrece dignidad, abandonar un trabajo que consume la salud mental, alejarse de una familia que hiere más de lo que cuida... Todo eso puede parecer una elecc...